9/10/2013

EL AMIGO DEL CÉSAR (Jn 18,28-40; 19,1-16). El Señor de los Judíos.

                     Desconcertado por este "rey de los judíos", que no muestra ninguna señal de realeza y por este "Hijo de Dios" sin ninguna apariencia de divinidad, Pilato hace un último intento por liberar a Jesús.

                     Pero las autoridades judías, que conocen bien la ambición del prefecto, juegan su última carta, que será la decisiva.

                     Vista la ineficacia tanto de las acusaciones políticas como de las religiosas, apuntan ahora a la carrera del prefecto: "Si sueltas a ése, no eres amigo del César", Jn 19,12).

                    La amenaza de los jefes es clara: Si Pilato libera a Jesús, será destituido.

                    Poncio Pilato sabe que Tiberio, hombre receloso, particularmente sospechoso hacia los crímenes de lesa majestad, no se pensaba dos veces el eliminar a quien le faltase el respeto debido.

                    Pilato está entre las cuerdas.

                    Debe elegir entre sacrificar su propia carrera o la vida de un inocente.

                    Liberar a Jesús llevaría consigo poner fin  a sus ambiciones.

                    Y Pilato, frustrado prefecto romano en aquel miserable puesto que era la Judea, cede frente al futuro de su carrera.

                     Pero, en un último tímido intento, se vuelve a los sumos sacerdotes y les pregunta: "¿A vuestro rey voy a crucificar?" (Jn 19,15).

                      La respuesta de los representantes de Dios es dramática y es el signo de la apostasía total: "No tenemos más rey que el César" (Jn 19,15).

                      Si Pilato traiciona a un hombre inocente, más grave es el crimen de los sumos sacerdotes que traicionan a su Señor.

                      Prefieren ser dominados por los romanos, y mantener sus propios privilegios antes que ser liberados del "rey de los judíos" y perder su prestigio.

                      Es la negociación definitiva de Dios como único rey de su pueblo y la aceptación incondicionada de la dominación pagana. Los sumos sacerdotes, que han rechazado reconocer en Jesús al Señor, serán obligados a volverse a Pilato como a su "Señor" (Mt 27,63).

                     Al término de un proceso, donde emerge que la verdadera persona libre es el prisionero, mientras que el juez es esclavo de sus propios miedos y ambiciones, Poncio Pilato entrega a Jesús a los soldados para que sea crucificado.

                     Como Judas había entregado a Jesús a los sumos sacerdotes, y éstos a Pilato, éste lo deja en poder de sus verdugos.

                    Lo que tienen en común Judas, los sumos sacerdotes y Pilato es que sacrifican al hombre cuando ven en peligro su interés y su carrera.

                    No habiendo prestado oído a la "verdad" de Jesús, se ven obligados a cumplir el deseo de su padre, el "padre de la mentira", que "ha sido homicida desde el principio y nunca ha estado en la verdad" (Jn 8,44).

                    Y Jesús es asesinado.

                    Su pueblo "ha renegado del Santo, del Justo, y pedido que indultaran a un asesino" (Hch 3,14).

                    Poco después, Poncio Pilato será denunciado a Vitelio, el legado romano en Siria, por haber llevado a cabo otra matanza de samaritanos.

                    Tomados por rebeldes cuando se habían reunido en el monte Garizín en busca de tesoros que creían se encontraban sepultados por Moisés, Pilato los atacó y "en una breve refriega, mató a unos,  a otros los puso en fuga. A muchos los tomó como esclavos; entre éstos, Pilato mató a los jefes más acreditados y a los que habían sido los más influyentes de los fugitivos" (Antigüedades 18,87). 

                    Fue la clásica gota que hizo colmar el vaso. Vitelio lo destituyó de su cargo y lo mandó a Roma a dar cuentas de su actuación.
                    Pilato, en cuanto "amigo del César", confiaba probablemente una vez más en la benevolencia del emperador. Pero justamente durante el viaje hacia Italia, murió Tiberio. Seano, el gran protector de Pilato, había sido ya destituido de su cargo y asesinado por el emperador, y Poncio Pilato no encontró santo alguno al que encomendarse.

                    De él se pierden las trazas históricas y comienzan las legendarias.

                   Según algunos, Pilato "fue golpeado por tantas desventuras bajo Calígula, que fue obligado a suicidarse, a convertirse en su propio verdugo" (Historia Eclesiástica 2,7), y su cadáver fue repelido por la tierra. La Iglesia copta pensó rehabilitarlo y venerarlo como un santo mártir (el 25 de Junio).

9/09/2013

EL AMIGO DEL CÉSAR (Jn 18,28-40; 19,1-16). Advertencia Mafiosa.

                       Fue precisamente con ocasión de una masacre perpetrada por Poncio Pilato cuando Jesús se encontró casualmente con el prefecto romano.

                       La ruptura de jesús con la institución religiosa, denunciada por él como asesina, le había atraído el odio de los escribas y fariseos que "empezaron a acosarlo sin piedad y a tirarle de la lengua sobre muchas cuestiones, estando al acecho para cogerlo en algo con sus propias palabras" (Lc 11,53).

                       En este clima hicieron llegar a Jesús una noticia que tenía toda la traza de una intimidación. De hecho "en aquella ocasión algunos de los presentes le contaron que Pilato había mezclado la sangre de unos galileos con la de las víctimas que ofrecían" (Lc 13,1).

                       La advertencia era clara. Jesús, el galileo, es invitado a cambiar de rumbo, porque, de lo contrario, tendrá el mismo fin de aquellos galileos matados por Pilato.

                       Pero Jesús no se deja intimidar y avisa a sus celosos informadores que serán ellos mismos ciertamente, si no cambian de vida, los que tendrán un mal final: "Os digo que si no os enmendáis, todos vosotros pereceréis también" (Lc 13,3).

                     Jesús se encontrará cara a cara con Pilato cuando sea arrestado.

                     La acusación contra Jesús es la de ser uno de tantos mesías, que regularmente se rebelaban contra Roma, un instigador que "solivianta al pueblo enseñando por todo el país judío, que comenzó por Galilea y ha llegado hasta aquí" (Lc 23,5).

                    Poncio Pilato ha participado en la captura de Jesús con el envío de casi un millar de soldados y, ahora, que lo tiene de frente, quiere saber en qué consiste su peligrosidad: "Eres tú el rey de los judíos" (Jn 18,33).

                    La pregunta expresa toda la sorpresa del prefecto romano, al encontrarse frente a un individuo que tiene de todo menos apariencia de rey.

                    Jesús trata de hacer comprender que su realeza no es como la que Pilato conoce, hecha de violencia y de dominación, sino que está al servicio de la verdad.

                    A Pilato no le interesa la verdad ("¿Qué es eso de la verdad?", Jn 18,38), sino el poder y, una vez que se ha asegurado de que Jesús no representa ningún peligro para el imperio, trata de liberarlo. Pero la resistencia de las autoridades religiosas hace vanas todas sus tentativas: cayendo en vacío incluso aquello de cambiar a Jesús por un bandido, Pilato lo hace escarnecer con un azote, el látigo que terminaba en garfios de hierro, que arrancaban la piel al condenado.

                  Reducido Jesús a puro coágulo de sangre, Poncio Pilato lo muestra a la multitud: el aspirante a rey de los judíos es un inofensivo rey trágicamente burlado.

                  Las autoridades religiosas, viendo fracasar la acusación política ("rey de los judíos", Jn 18,33), trasladan su denuncia al campo religioso, y ahora piden la muerte de Jesús "porque se ha hecho hijo de Dios" (Jn 19,7).

                 Esta denuncia alarma a Pilato ("cuando Pilato oyó decir aquello, sintió más miedo", Jn 19,8). El prefecto tiene pánico de encontrarse ante un ser celeste y, por ello, a tener que responder de su actuación a cualquier autoridad divina vengativa.

                Pilato interroga, por esto, a Jesús sobre su naturaleza.

                Pero Jesús no le responde.

                La afirmación de ser hijo de un dios habría jugado a su favor, pero el prefecto debe juzgar al hombre, que encuentra de frente y no a un ser divino.

                El silencio de Jesús no hace sino aumentar la turbación de Pilato que se refugia en la única certeza que tiene, la de su poder. Su inseguridad es traicionada por el énfasis airado con el que se vuelve a Jesús: "¿Te niegas a hablarme a mí? ¿No sabes que está en mi mano soltarte y está en mi mano crucificarte?" (Jn 19,10).

               Para Poncio Pilato la sentencia de muerte o de vida es independiente de la culpabilidad o no del imputado.

               Su elección se basará en la conveniencia y no en la inocencia de Jesús.

EL AMIGO DEL CÉSAR (Jn 18,28-40; 19,1-16). Poncio Pilato.

                     En los veintidós años que fue emperador, Tiberio nombró sólo dos prefectos para Judea: Valerio Grato y Poncio Pilato, su sucesor. Para su justificación el emperador solía narrar esta historieta: "Un hombre herido yacía en tierra y un enjamre de moscas aleteaba sobre sus heridas. Un transeúnte tuvo piedad del pobrecito y, creyendo que era incapaz de alzar la mano por debilidad, se le acercó para espantarlas. Pero el herido le rogó que no lo hiciera; y cuando le preguntó por qué no trataba de librarse del mal que lo infestaba respondió: -Haríais peor si me las quitaseis. Ellas ya se han hartado de sangre y no tienen ni siquiera fuerzas para molestarme. Si viniesen otras con apetito fresco y famélicas, descompondrían mi débil cuerpo y me sobrevendría rápidamente la muerte" (Antigüedades 18,175).

                    Tiberio, que conocía bien la avidez de sus funcionarios, los comparaba a moscas ávidas de sangre, y a un cuerpo lleno de llagas le vienen mejor las moscas saciadas que las hambrientas.
                    Pero con Poncio Pilato se había equivocado.

                    Con el tiempo, la sed de sangre de este prefecto no se había aplacado, sino que había aumentado.

                     Definido por Filón como "hombre duro y obstinado" (De Legatione 38), Pilato tenía un único objetivo delante de sí, su carrera, y por ésta estaba dispuesto a sacrificar cualquier cosa.

                      Al tiempo de su servicio militar, iniciado de soldado raso, se debe su sobrenombre de pilato, derivado de pilum, dardo con el que se castigaba a los soldados para hacer respetar la disciplina.

                      Un salto en la escalada al poder lo dio Poncio Pilato gracias a su amistad con el prefecto Seano, el poderoso favorito de Tiberio ("estar entre sus íntimos era título de amistad con el César", Anales 6,8); de este modo consiguió gozar del ambicionado título honorífico de "amigo del César".

                      Pilato además trató de consolidar su proximidad al emperador casándose con Claudia Prócula, hija ilegítima de la mujer de Tiberio. Pero, a pesar del matrimonio, había seguido siendo del rango ecuestre (caballero). Al no ser miembro del senado, no podía aspirar al prestigioso cargo de legado (representando al emperador) y había terminado como prefecto en aquella asolada extensión de piedras que era Judea.

                      Desde hacía más de diez años, Pilato intentaba tener a raya una población obstinada y siempre amotinada.

                      Estando de mala gana en aquella tierra, sin otear ninguna misión de prestigio que lo llevase al senado de Roma, Pilato había realizado una serie de jugadas desafortunadas, que no hacían presagiar nada bueno para su futuro.

                      El prefecto no escondía el profundo desprecio que alimentaba en sus relaciones con los judíos y con sus tradiciones y ya, desde su llegada, comenzaron los incidentes.

                      Mientras sus predecesores habían evitado siempre que las tropas romanas exhibiesen en Jerusalén, la ciudad santa, los estandartes con la imagen del emperador, Pilato, despreciando el sentimiento religioso de los judíos, "fue el primero en introducir imágenes en Jerusalén" (Antigüedades 18,56), causando interminables protestas.

                    Otra protesta tuvo lugar cuando Pilato hizo colocar los escudos de oro con el nombre del emperador en el palacio real; y cuando, para construir el acueducto, llegó a cobrar dinero del tesoro del templo, respondió con una masacre a la inevitable reacción de los judíos.

9/05/2013

EL CERDO Y LA ZORRA (Mt 2; Mc 6,14-16). La caña agitada por el viento.



Sintiendo ahora acercarse el fin, Herodes sabía que el pueblo festejaría su muerte y se puso a pensar cómo darle motivos de duelo. 

Invitó mediante un engaño a los personajes más conocidos de cada aldea y los recluyó en el hipódromo de Jericó. Luego “mandó venir a su hermana Salomé con su marido y les dijo: “Sé que los judíos harán fiesta por mi muerte, pero yo conozco el modo de hacerles llorar por otros motivos y conseguir de este modo un gran luto, si vosotros estáis dispuestos a seguir mis disposiciones. Cuando yo muera, rodeadlos inmediatamente de soldados y matad a aquellos que están recluidos, de modo que toda Judea y cada familia, incluso no queriendo, tengan que llorar por mi muerte» (Guerra 1, 33, 6). 

Apenas cinco días antes de morir, Herodes cometió su último delito: viendo que Antípatro, su primogénito, se preparaba ya para rey, lo hizo matar. 

Finalmente, muerto también el rey Herodes, José, que se había refugiado en Egipto con María y el niño, no se fió de volver con su familia a Judea, donde reinaba Arquelao, cruel  y sanguinario como su padre, y subió a Galilea, a la tetrarquía heredada por Herodes Antipas. 

Antipas, forma contracta de Antípatro, significa “como el padre”, pero éste se revelará más peligroso que su padre, porque lo que no llevó a cabo Herodes el Grande lo conseguiría su hijo, bajo cuyo poder moriría Jesús. 

En los evangelios, Jesús se refiere a Herodes Antipas sólo dos veces y las dos de modo negativo.          ,
Hablando a las muchedumbres de Juan el Bautista, Jesús lo contrapone a su asesino, preguntando: “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?” (Lc 7,24). 

La expresión de Jesús se refiere a la moneda que Herodes Antipas había hecho acuñar con ocasión de la fundación de Tiberíades como nueva capital. Estando prohibido a los judíos reproducir figuras humanas, en lugar de la imagen del tetrarca, junto a la inscripción, aparecía una caña, elemento típico del lago de Galilea.
La caña agitada por el fuerte viento del lago se había convertido en el emblema satírico de este poderoso, débil de carácter, un indeciso que, entre varias posibles soluciones, terminaba infalible mente eligiendo siempre la peor. 

De su padre, Antipas no había heredado el ingenio, sino la firmeza en el obrar. 

Dudando entre continuar residiendo en la capital de Galilea, Séforis, situada en la zona montañosa a pocos kilómetros de Nazaret, o construir una ciudad más bella, decidió, al fin, edificar una nueva capital, a la orilla del lago de Galilea, llamada Tiberíades en honor del emperador. 

Para hacerla, Herodes escogió el terreno menos adecuado: un cementerio. Considerado lugar impuro, los judíos se negaron a residir en ella y Herodes se vio obligado a poblar la ciudad con gente promiscua, llevada por fuerza a la nueva capital.

Herodes se había casado con la hija del rey de Petra, pero, en un viaje a Roma, cayó en las garras de su ambiciosa cuñada Herodías, mujer de su hermano Filipo. 

Como una caña que se doblega al viento que sopla más fuerte, Herodes fue convencido por Herodías para que repudiase a su mujer. 

Ésta, cuando se enteró de la intriga, huyó con su padre, que le declaró la guerra a Herodes, para lavar la afrenta sufrida y le destruyó el ejército. 

En esta derrota, muchos judíos vieron un castigo divino por el asesinato de Juan el Bautista, vicisitud en la que sobresale el carácter indeciso de Herodes: “Éste respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo tenía protegido. Cuando lo escuchaba quedaba perplejo, pero le gustaba escucharlo” (Mc 6,20).
Según los evangelistas, quien había pedido la cabeza del Bautista había sido Herodías, que se sentía en peligro a causa de la constante denuncia de Juan el Bautista, que decía a Herodes: “No te está permitido tener como tuya la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). 

Cortada la cabeza al profeta, Herodes perdió la suya. Obsesionado por el fantasma del Bautista, Herodes estaba convencido de que éste había resucitado (“Aquel Juan a quien yo le corté la cabeza, ése ha resucitado», Mc 6,16). 

Lo que causaba las pesadillas a Herodes era la fama creciente de Jesús, que el tetrarca veía como un muerto resucitado, que había que matar de nuevo. Y es, justamente con ocasión de estos planes homicidas, cuando Jesús vuelve a hablar de Herodes. 

Esperando amedrentarlo y, de este modo, desembarazarse de él, algunos fariseos avisaron a Jesús del grave peligro que estaba corriendo y lo invitaron a huir: “Vete, márchate de aquí, que Herodes quiere matarte” (Lc 13,31). 

Jesús no se preocupó de la amenaza y confirmó a los fariseos su propósito de continuar su camino. Luego refiriéndose a Herodes, lo definió ”zorra” (“id a decirle a esa zorra”, Lc 13,32), indicando no la astucia del tetrarca, sino su nulidad como persona. Para los hebreos, de hecho, la zorra no era el animal símbolo de la astucia, sino el más insignificante que existía (“Es mejor ser la cola de un león que la cabeza de una zorra», Pirqé Abot 4,20). 

El miedo de Herodes cesó solamente cuando Jesús fue capturado y le fue enviado de parte de Pilato. Cuando el prefecto romano se encontró de cara al hombre acusado de querer ser “el rey de los judíos» (Lc 23,3), había pensado matar dos pájaros de un tiro: quitarse un problema y dar una lección a Herodes. Era de sobra conocida la frustración del tetrarca por no conseguir obtener el ambicionado título de rey, y Pilato, enviándole a Jesús, le muestra qué fin consiguen los aspirantes al trono. 

Después de haber insultado y haberse mofado de Jesús, Herodes devuelve a Pilatos al aspirante “rey de los judíos”, revestido con “un ropaje espléndido» (Lc 23,11), el inútil manto real, haciéndole ver que había comprendido la lección, que el prefecto le había dado.

Las tensiones, que antes existían entre el representante del emperador y el pretendiente al trono, se disolvieron y “aquel día se hicieron amigos Herodes y Pilatos” (Lc 23,12). 

Pero Herodes, librado de su padre, de su suegro, de Juan Bautista, de Jesús y de Pilato no se percató de que el enemigo lo tenía a su lado. 

Con una insistencia cotidiana, Herodías, provocaba continuamente al marido y lo incitaba a embarcarse para Roma para pedir la corona: no era tolerable que “Herodes, hijo de un rey, que, por su nacimiento real, era llamado a igual honor se contentase con vivir como un ciudadano común hasta el final de su vida» (Antigüedades 18, 241-243). 

La caña agitada por el viento se plegó completamente al huracán Herodías y Herodes cedió a las insistencias de su mujer de obtener “un trono a cualquier costo” (Antigüedades 18, 245). 

Olvidándose de la lección dada por Pilato al aspirante rey, Herodes partió para Roma, donde el emperador Calígula no sólo no le concedió la corona, sino que le quitó la tetrarquía y lo condenó con la mujer “al exilio perpetuo en Lión, ciudad de la Galia” (Antigüedades, 18, 252), donde encontró la muerte probablemente por orden del mismo emperador (Guerra 2, 9, 183).

EL CERDO Y LA ZORRA (Mt 2; Mc 6,14-16). Los Herodes.



Marcos y Juan lo ignoran. Lucas hace solamente una alusión de tipo cronológico. Mateo es el único evangelista que ha tratado a Herodes, pero lo ha hecho de modo tan incisivo que aquel rey de los judíos ha quedado impreso en el imaginario popular como la encarnación misma de la crueldad. 

Paradójicamente Herodes ha pasado a la historia por el único crimen que no cometió. De hecho, el episodio de la “matanza de los inocentes” es desconocido a los cronistas de la época, que no perdían ocasión para pintar a Herodes con hoscas tintas. 

No se trata de que Herodes no fuese capaz de ordenar la matanza de “todos los niños que estaban en Belén” (Mt 2,16): este rey quitó de en medio a todos los que, de verdad o no, trataban de arrebatarle el trono. 

Incluso definiéndose a sí mismo como “padre muy amoroso” (Guerra 1, 32, 2), Herodes no dudó en matar a una decena de sus familiares, entre los que había tres hijos: Antípatro (hijo de Doris), Alejandro y Aristóbulo, hijos de Mariamme, enviados como su madre al otro mundo. Cuando se supo que el rey había asesinado a sus mismos hijos, se hizo famoso el dicho: “Mejor ser un cerdo que hijo de Herodes”, basado en la prohibición para los hebreos de comer carne de cerdo y en la semejanza entre la palabra cerdo (que se escribe en griego byos) e hijo (en griego, byiós). 

La matanza de los niños en Belén es narrada sólo por Mateo, el evangelista que presenta la vida de Jesús bajo el cliché de la de Moisés. 

Moisés y Jesús, los libertadores del pueblo, son temidos como un peligro mortal por el potente de turno.
Escribe Mateo que, al anuncio del nacimiento del “recién nacido rey de los judíos», el rey Herodes “se sobresaltó” (Mt 2,1-2). 

El terror, que acompañó a Herodes durante toda su vida, estaba causado por el hecho de ser un rey ilegítimo. 

La Ley habla claro: puede ser rey de los judíos sólo quien tiene sangre hebrea: “Nombrarás rey tuyo a uno de tus hermanos, no podrás nombrar a un extranjero que no sea hermano tuyo” (Dt 17,15). 

Por las venas de Herodes no corre una sola gota de sangre judía. La madre, Cipro, es Nabatea, y el padre, Antípatro, gobernador de Idumea, región al sur de Israel, conquistada por los judíos, primero, y después, por los romanos. 

Hábil político, Antípatro no sólo supo obrar con destreza entre sus ocupantes, sino que consiguió hacer a Herodes, cuando apenas tenía quince años, gobernador de Galilea. 

Allí el joven aprendió a hacer honor a su nombre, que significa “héroe”, y rápidamente consiguió hacerse apreciar por su indudable coraje. Aprovechándose de las luchas intestinas que marcaron el fin de los asmoneos, los legítimos reyes de los judíos, Herodes consiguió luego hacerse nombrar rey.

Su reino comenzó y terminó bajo la bandera del exterminio mediante la eliminación de todo posible adversario. Flavio Josefo afirma que “sus víctimas fueron una infinidad, y, sin embargo, aquellos que lograron salvar su vida sufrieron padecimientos que no dejaban nada que envidiar a los asesinados” (Guerra 2, 6, 2).
Cuando Jesús nació, Herodes era ya septuagenario y estaba al final de un larguísimo reinado por el que se había ganado el apelativo de “El Grande”. 

La obsesión de que cualquiera pudiese derribado del poder seguía, sin embargo, alimentando sus fantasmas de rey viejo. 

Basándose en elementos históricos concretos, como el miedo de Herodes a perder el trono y su crueldad en defenderlo, Mareo construye la narración de la matanza de los niños de Belén de tal modo que cualquier lector pueda comprender que se trata de teología y no de historia. 

De hecho, Herodes el Grande, conocido por la astucia que le permitió reinar sin rival por casi medio siglo sobre los judíos, da la imagen de poco prevenido en el evangelio de Mateo. 

Alarmado por la noticia del nacimiento del nuevo rey, Herodes “convocó a todos los sumos sacerdotes y letrados del pueblo, y les pidió información sobre dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: En Belén de Judea” (Mt 2,4). 

Incluso conociendo el lugar del nacimiento del Mesías, el rey no lanza tras él a sus sicarios en busca del recién nacido, sino que se confía a desconocidos extranjeros como eran “los magos venidos de Oriente», y los mandó a Belén encargándoles: “Averiguad exactamente qué hay de ese niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a rendirle homenaje» (Mt 2,1.8). 

Extrañamente Herodes, hombre receloso, que no se fiaba ni siquiera de sus hijos, no piensa en enviar espías tras los magos. Sólo cuando -se vio burlado por los magos, montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo en Belén y sus alrededores- (Mt 2,16). 

El relato de Mateo es pretendidamente grotesco. Herodes, que en su larga existencia se había mofado de todos, ahora se ve burlado y ordena la matanza de los niños de Belén. Pero, como Moisés escapó a la matanza de todos los recién nacidos hebreos, querida por el faraón, así sucederá con Jesús.

9/04/2013

UN CASO DESESPERADO (Lc 18,9-14; 19,1-10). El intocable.

                     En los evangelios se pone de relieve la indudable predilección de Jesús hacia los recaudadores, grupo de personas considerado símbolo de la clase despreciada del mundo religioso.

                     De hecho, en el círculo de seguidores de Jesús se encontrarán recaudadores, pero no habrá ningún fariseo.

                     En el evangelio de Lucas, el primer individuo que Jesús invita expresamente a seguirlo es ciertamente "un recaudador llamado Leví" (Lc 5,27). A la reacción escandalizada de los escribas y fariseos, Jesús responde que no "ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan" (Lc 5,32).

                     El mismo escándalo estallará cuando, entre Jesús en Jericó a casa del jefe de recaudadores.

                     Ironía del destino. Sus padres le habían impuesto a éste el nombre de Zaqueo (hebr. Zakkai), que significa "puro", pero la profesión elegida por él lo había convertido en el impuro por excelencia.

                     El caso de Zaqueo es un caso desesperado.

                     Considerado una sanguijuela y un traidor por sus connacionales, la religión lo estima alguien intocable que vuelve inmundo a todo el que lo toca, incluida la casa donde habita.

                     Pero Zaqueo no sólo es publicano, es también rico. 

                     Mientras que Jesús "siendo rico, si hizo pobre" (2 Cor 8,9), Zaqueo, al contrario, se ha enriquecido empobreciendo a la gente y el Señor ha declarado que, para los ricos, no hay esperanza alguna de poder entrar en el reino de Dios, porque "es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que no en que entre un rico en el reino de Dios" (Lc 18,25).

                    Escribe el evangelista que Zaqueo "trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura" (Lc 19,4).

                    La anotación de Lucas no se refiere a los centímetros de altura de Zaqueo, sino a su bajeza moral.

                    Los ricos no están a la altura de Jesús y la riqueza acumulada por Zaqueo, es un obstáculo que le impide verlo.

                    "Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo: - Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa" (Lc 19,5).

                   Zaqueo pensaba tener que subir para ver a Jesús. El Señor lo invita a descender.

                   La alegría de Zaqueo, "que bajó enseguida y lo recibió muy contento" (Lc 19,6) es un eco de aquella otra del pastor que "reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: -¡Dadme la enhorabuena! He encontrado la oveja que se me había perdido" (Lc 15,6).

                   Pero la alegría de Jesús y de Zaqueo no es compartida por los presentes.

                   Habituados a juzgar según los criterios de la religión, murmuran horrorizados: "Ha entrado en casa de un pecador" (Lc 19,7).

                   Para éstos, Jesús ha contraído impureza, entrando en casa del recaudador.

                   Para el evangelista, la presencia de Jesús en la casa de Zaqueo purifica al recaudador que, de hecho, declara: "La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces" (Lc 19,8).

                  El libro del Levítico prescribía que, en caso de fraude, había que restituir el importe sustraído añadiéndole una quinta parte (Lv 5,20-26).

                 Pero Zaqueo va más allá de cuanto prescribe la Ley de Moisés y se empeña en restituir cuatro veces más la cantidad del importe robado.

                 La acogida de Jesús ha costado cara a Zaqueo, que ahora ya no es rico. El recaudador ha comprendido que "hay más dicha en dar que en recibir" (Hch 20,35) y hace partícipe de sus bienes a cuantos están necesitados.

                  Jesús había dicho que "era difícil a los que tienen el dinero entrar en el reino de Dios " (Lc 18,24).

                  Una vez que Zaqueo se ha desembarazado de las riquezas ha entrado en la bienaventuranza del reino ("Dichosos vosotros los pobres, porque tenéis a Dios por rey", Lc 6,20) y Jesús puede declarar: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán" (Lc 19,9).

                  Es la única vez que habla Jesús de "salvación" en el evangelio.

                  Él, que había sido anunciado por el ángel del Señor a los pastores como "el Salvador" (Lc 2,11), confirma que es tarea del Hijo de Dios "buscar lo que estaba perdido" (Lc 19,10).

                  Salvación que él concede inmediatamente, "hoy", como hará con el bandido crucificado con él ("Hoy estarás donmigo en el paraíso", Lc 23,43).

                  El comportamiento de Jesús con el recaudador no resultaría grato a la rígida iglesia primitiva.

                  La severa práctica penitencial, que imponía a los paganos abandonar ciertos oficios, por no estar al unísono con la dignidad del cristiano, se chocaba con la salvación concedida por Jesús a un recaudador que seguiría ejerciendo su oficio.

                  Medió la tradición encontrando un nuevo empleo para Zaqueo, oportunamente nombrado por Pedro, obispo de Cesarea (Ps. Clem. Hom. 3.63,1).

UN CASO DESESPERADO (Lc 18,9-14; 19,1-10). Profesionales de lo sagrado.

        
                      Para hacer comprender este cambio radical en las relaciones con Dios, Jesús narra una parábola dirigida a aquellos que, persuadidos de ser gratos al Señor, gracias a sus esfuerzos, "estaban plenamente convencidos de estar a bien con Dios y despreciaban a los demás" (Lc 18,9).

                      En la parábola Jesús pone en escena dos conductas opuestas de la vida religiosa: la de uno perteneciente al grupo de los fariseos, considerados profesionales de lo sagrado y modelos de santidad, y la del pecador por excelencia, el recaudador.

                      Ambos suben al templo a orar. Pero ninguno de los dos lo hace.

                      "El fariseo se plantó y se puso a orar para sus adentros" (Lc 18,11).

                      El fariseo, colocado en la presencia del Señor, permanece centrado sobre sí mismo. Aunque las palabras de su oración se dirigen a Dios, en realidad son un complacido soliloquio sobre la santidad propia.

                     Más clérigo que los clérigos, el fariseo practicaba en la vida cotidiana las complicadas reglas de pureza requeridas a los sacerdotes en el limitado período en que éstos prestaban servicio en el Templo.

                     Por su vida regulada por seiscientos trece mandamientos, el fariseo se consideraba un elegido y hacía de su santidad la medida para juzgar a los otros: "Dios mío, te doy gracias por no ser como los demás: ladrón, injusto o adúltero" (Lc 18,11).

                     Es verdad.

                     Él no es como los otros hombres.

                     Es peor.

                     También el fariseo es codicioso, injusto y adúltero "como los otros hombres", pero, lo que es más grave, lo es en nombre de Dios.

                      Cegado por las trabas de sus propios méritos, el fariseo no descubre su codicia denunciada de este modo por Jesús: "De modo que vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis repletos de robos y maldades" (Lc 11,39).

                     Jesús revela incluso que el desvarío del fariseo de ostentar su justicia delante de los hombres sirve en realidad solo para enmascarar su profunda injusticia de cara a Dios: "Vosotros sois los que os las dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro, y ese encumbrarse entre los hombres le repugna a Dios" (Lc 16,15).

                    Es ciertamente dentro del templo, alabándose y glorificándose a sí mismo en lugar de a Dios, donde el fariseo usurpa el puesto del Señor y comete el pecado de idolatría, considerado el verdadero y auténtico adulterio.

                   Considerándose un modelo de santidad, el fariseo lanza una mirada esquiva al recaudador y, satisfecho pr la abismal distancia que lo separa de aquel infame, continúa haciendo el elenco de sus inútiles méritos.

                    Centradas en las prácticas de piedad, ninguna de las acciones de las que se jacta el fariseo mira al prójimo.

                    "Ayuno dos veces por semana" (Lc 18,12).

                    El ayuno anual, impuesto para el día de la Expiación (Lv 16,31), la tradición había añadido otros cuatro días de ayuno en recuerdo de las catástrofes nacionales (Zac 7,3-5); pero los fariseos, después, para distinguirse del resto del pueblo, ayunaban lunes y jueves en recuerdo de la subida y de la bajada de Moisés del monte Sinaí.

                   El fariseo prosigue la piadosa enumeración de sus obras meritorias con la jactancia de pagar el diezmo al templo, no sólo de lo que estaba establecido por la Ley, sino de todo lo que posee.

                   Aquellas prácticas, que son motivo de orgullo para el fariseo, a los ojos del Señor no son otra cosa que "pérdidas" (Flp 3,8), como reconocerá a su tiempo Saulo, el fariseo arrepentido, que confesará: "Eso tiene fama de sabiduría por sus voluntarias devociones, humildades y severidades con el cuerpo; pero, en realidad, no tiene valor ninguno, sirve para cebar el amor propio" (Col 2,23).

                  También el recaudador había subido al templo con la intención de orar, pero no se atreve a hacerlo: "El recaudador, en cambio, se quedó a distancia y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; se daba golpes de pecho diciendo: "¡Dios mío, ten piedad de este pecador!" (Lc 18,13).

                  Ambos protagonistas de la parábola viven en una condición de cerrazón a Dios: el fariseo, en cuanto ídolo y dios de sí mismo, se cierra al Señor que pide "amor y no sacrificios" (Os 6,6); el recaudador, porque convive cotidianamente con el engaño y el hurto.

                 La parábola dirigida a aquellos que se consideraban "justos" (Lc 18,9), termina con una sentencia paradójica: Jesús afirma que el recaudador, a diferencia del fariseo, "bajó a su casa a bien con Dios" (lit. "justificado", Lc 18,14).

                 El Señor, que desde siempre "colma de bienes a los hambrientos y a los ricos los despide de vacío", envuelve con su amor al pecador y rechaza al fariseo y a toda su mercancía religiosa: ¿Por qué entráis a visitarme? ¿Quién piede algo de vuestras manos cuando pisáis mis atrios? No me traigáis más dones vacíos... Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé" (Is 1,12-13.15).