1/17/2012

RICOS Y VENDIDOS.

¿Qué es lo que puede impedir al hombre alcanzar la plenitud de su condición humana, anunciada por Jesús y propuesta por los evangelistas como "buena noticia"?
El rechazo de una oferta de plena felicidad puede estar motivado solamente por algo más atractivo que lo que se propone.
Esto "más atractivo" es identificado por los evangelistas con la seguridad que la sociedad ofrece al hombre a cambio de la plena aceptación y sumisión a tres grandes poderes: el económico, el religioso y el político, sobre los cuales aquélla se cimenta.
Jesús denuncia como enemigo número uno de Dios y su eterno antagonista a "Mammón", ídolo que en los evangelios representa la divnización de la riqueza. Este dios-dinero, de fascinación irresistible, delante del cual todos están dispuestos a inclinarse, seduce a los hombres alentándolos con la perspectiva de la felicidad que la acumulación de bienes puede garantizar (Mt 6,24).
En realidad, como todos los ídolos, esta divinidad, falsa y embustera, engaña a los hombres y traiciona a quien le da culto. En lugar de dar la felicidad prometida, "Mammón" destruye a cuantos lo adoran.
El rey Acab que, empujado por la codicia, se adueña de la viña de Nabot, es acusado por el profeta Elías de haberse "vendido" a los bienes que creía haber adquirido (1 Re, 21,20.25).
Los profetas enseñan que uno se hace igual a lo que se ama: "Se consagraron a la Ignominia y se hicieron abominables como su idolatrado" (Os 9,10; cf. Jr 2,5).
El ansia de poseer conduce en realidad a la posesión ("venta") del individuo que, en lugar de servirse de sus propios bienes, es dominado por ellos.
Los evangelios refieren un episodio que muestra claramente cómo el hombre prefiere permanecer en la infelicidad, pero con abundancia de bienes, a ser feliz con poco.
El evangelio de Marcos (19,17-22) presenta a "un individuo", acuciado por una fuerte angustia, que, en cuanto ve a Jesús, se echa a correr hacia él y se le postra "de rodillas".
En este evangelio corren solamente el endemoniado (Mc 5,6) y este personaje anónimo, y se arrodillan delante de Jesús únicamente el leproso (Mc 1,40) y este "individuo". Haciendo seguir este episodio al del leproso y el endemoniado, el evangelista trata de poner al lector en el camino de la recta interpretación.
La utilización de los verbos "correr" y "postrarse de rodillas" unen temáticamente los tres episodios, indicando que estos personajes están oprimidos por una angustia tan insoportable como para empujarlos a transgredir públicamente las convenciones que regulan la vida social. En Oriente, de hecho, no existe la prisa y correr es un comportamiento reprochable.
Como el leproso era tenido por castigado y rechazado por Dios a causa de sus pecados (Nm 12,9-10) y el endemoniado era prisionero de su propia violencia ("se golpeaba con piedras", Mc 5,5), el "individuo", que va corriendo al encuentro de Jesús, "postrándose ante él", muestra ser también una persona excluida por Dios, esclava de un poder que lo domina, lo vuelve prisionero y lo destruye.
Creadas estas expectativas en el lector, Marcos solamente al final de la narración desvela la identidad de "tal individuo", mostrándolo con la única característica que lo hace reconocible: la riqueza.
El anónimo personaje tiene "muchas posesiones", expresión con la que se indica a los terratenientes; Mateo y Lucas apuntan que es "muy rico" (Mt 19,22; Lc 18,23; 12,19).
Aquella condición social que, para la mentalidad común, ofrece el máximo grado de seguridad, produce según los evangelistas solamente angustia.
El ansia de este individuo de "muchas posesiones" es debida a la inseguridad de poder "merecer" (lit. ser acreedor de) la vida eterna".
En los evangelios los únicos preocupados por el más allá son las personas bien situadas en esta tierra: los ricos y religiosos que quieren asegurarse poder estar tan bien y tan seguros en la otra vida como lo están en ésta (Lc 10,25; 18,18). En el evangelio de Marcos, así como en el de Mateo y Lucas, las raras veces que Jesús habla de la vida eterna es siempre a petición de alguno que está preocupado, interesado o que siente curiosidad por ella.
El Mesías no ha venido a anunciar cóm poder "heredar la vida eterna", sino cómo construir el "reino de Dios".
Por esto responde de modo brusco a la petición.
Si su interlocutor está preocupado solamente del "cómo" heredar la vida eterna, se ha equivocado de dirección. En todo caso Jesús le refresca el catecismo: para entrar en la vida eterna basta observar los mandamientos.

1/16/2012

MENÚ MACABRO.

La larga narración de la muerte de Juan Bautista, la única en la que Jesús no es protagonista, sirve a los evangelistas para preparar a los lectores a la muerte del Mesías.
Conforme se van delineando los perfiles de los personajes aparece clara la analogía con los protagonistas de la pasión de Jesús.
Herodes y Pilatos se comportan del mismo modo: ambos saben que el hombre, cuya muerte se pide, es inocente, y quisieran librarlo.
Pero no pueden, porque no son libres.
Creen deber juzgar a un prisionero, pero son ellos mismos los prisioneros del propio poder.
Herodes no puede salvar a Juan, porque ha dado su palabra delante de todos los comensales y, ya se sabe, un poderoso no puede decir nunca "me he equivocado", porque pone en juego su prestigio; entre la propia infalible palabra y la vida de un inocente es ésta última la que debe sacrificarse, aunque ello pueda producir pasajeras lágrimas de cocodrilo ("el rey se puso triste").
Pilatos es el gobernador que, a pesar de haber pasado a la historia por la teatral exhibición conla que había mostrado las manos limpias ("se lavó las manos cara a la gente" Mt 27,24), las tenía bien sucias de sangre, como recuerda el evangelio de Lucas cuando refiere el episodio de "aquellos galileos, cuya sangre había mezclado Pilatos con la de las víctimas que ofrecían" (Lc 13,1).
Éste, aunque convencido de la inocencia de Jesús, lo deja morir cediendo a la extorsión de las autoridades religiosas: "¡Si sueltas a ése, no eres amigo del César! (Jn 19,12).
Para Pilatos no está en juego una amistad, sino una carrera.
De hecho "Amigo del César" era un ambicionado honor concedido por el emperador como premio por la lealtad, que permitía entrar a formar parte del círculo exclusivo de los íntimos del César (1 Mac 2,18).
Y Pilatos, debiendo elegir entre el sacrificio de un inocente y la propia carrera, no tiene dudas.
Unidos en el permitir la injusticia, Pilatos y Herodes encuentran su amistad en la condena de Jesús: "Aquél día se hicieron amigos Herodes y Pilatos" (Lc 23,12).
La hija de Herodías, que lo hace todo con tal de complacer a los dos poderes, el de la madre y el de Herodes, a los que está sometida, anticipa el comportamiento de los habitantes de Jerusalén, capaces de aplaudir a Jesús ("¡Hosanna!", Mt 21,9) y unos minutos después, instigados por las autoridades religiosas, también de gritar "¡Crucifícalo!" (Mt 27,22).
El comportamiento de Herodías, presentada en la narración con los rasgos de la terrible Jezabel -reina que no contenta con "exterminar a todos los profetas del Señor" buscaba asesinar al profeta Elías (1 Re 18,13; 19,2)-, recuerda la actuación de las autoridades religiosas que matan a los profetas y apedrean a los invitados de Dios (Mt 23,34-37).
La denuncia de Juan constituía un peligro para la posición alcanzada por Herodías.
Jesús será una amenaza para el prestigio de los sumos sacerdotes, que, interesados de verdad por su muerte, se comportan exactamente como la mujer de Herodes.
Como ella, también ellos han cometido adulterio, abjurando de Dios, único rey de Israel (Sal 5,3), y aceptando el dominio de un rey pagano ("No tenemos más rey fque el César", Jn 19,15).
En la cena de Herodes, la única comida que aparece es un macabro plato con la cabeza de Juan: "un verdugo fue, lo decapitó en la cárcel, le llevó la cabeza en una bandeja y se la dio a la muchacha: y la muchacha se la dio a su madre".
El día en que Herodes habría debido dar gracias por el don de la vida, él la quita y la ofrece de comida en el banquete donde los muertos se alimentan de muerte y generan fantasmas: Herodes oyendo hablar de Jesús creerá que se trata de "aquél Juan a quien yo le corté la cabeza" y cuya muerte continúa obsesionándolo (Mc 6,14-16).
La única luz en un episodio tan tétrico la ponen los discípulos de Juan que, a riesgo de encontrar el mismo final que su maestro, van a recoger el cadáver y lo ponen en un sepulcro.
Pero la muerte del grano de trigo se convierte en alimento para la vida (Jn 12,24), y los evangelistas hacen seguir inmediatamente después del banquete de la muerte el de la vida: el episodio del reparto de los panes y peces, elementos vitales que alimentan a "cinco mil hombres" (Mc 6,30-44).

LA CORTE DEL ZOMBI.

Herodías está furibunda.
Un fanático salvaje predicador está a punto de hacer saltar por tierra su plan fatigosamente llevado a cabo.
Se había casado con uno de los hijos de Herodes el Grande, Filipo, un buen hombre sin ninguna ambición.
Éste, acusado de complot y desheredado, se había ido con su familia a Roma donde llevaba una vida de simple ciudadano.
Demasiado poco para la ambiciosa Herodías, que soñaba con una existencia más agitada de la que le permitía su gris marido.
La oportunidad le vino con ocasión de una visita a Roma de su cuñado, Herodes Antipas, de cincuenta años.
Amante del lujo como su padre, había heredado de él una "tetrarquía" (la cuarta parte del reino) que abarcaba las regiones de Galilea y Perea.
Herodías, consciente de no poder perder esta ocasión para cambiar de marido, seduce y conquista a su cuñado.
Abandonado Filipo y repudiada por Herodes su legítima mujer, Herodías se instala felizmente en la corte.
Para Herodes esta mujer será el principio de sus desdichas y total ruina: ya sólo para comenzar, el suegro, Aretas, rey de los nabateos, se vengará del ultraje sufrido por su hija aniquilándole su ejército (Ant 18,9-10).
A continuación, empujado por la insaciable Herodías, que ya se veía de reina, a pedir al emperador Calígula la ansiada corona de "rey" (en lugar de contentarse con el simple título de "tetrarca"), Herodes será depuesto por Calígula y enviado al exilio a Lión en las Galias (39 d.C), donde será matado poco después por orden del mismo emperador.
Pero ahora el peligro para Herodías está representado por Juan Bautista, que denuncia a Herodes por haber actuado contra la Ley de Dios: "No te es lícito tener la mujer de tu hermano".
Juan no reprocha a Herodes haber repudiado a la primera mujer o ser polígamo (hechos permitidos por la Biblia), sino haber tomado por mujer a lamujer de su hermano, en contra de la expresa prohibición del libro del Levítico (20,21).
La ira y el miedo de Herodías se deben al hecho de que no sólo Herodes considera a Juan un hombre "justo y santo", escuchándolo con gusto, sino que para protegerlo de las intrigas de su mujer lo ha recluido en la cárcel de su palacio (según Flavio Josefo, la fortaleza de Maqueronte junto al Mar Muerto, Ant. 18,5,2).
Finalmente llegó para Herodías el día propicio para desembarazarse del incómodo profeta ("quería quitarle la vida, pero no había podido") "cuando Herodes por su aniversario dio un banquete". El término griego utilizado por los evangelistas para indicar este día no es el de "cumpleaños", sino otro vocablo que indica la conmemoración del nacimiento de una persona ya difunta.
La elección de los evangelistas es intencionada. Herodes que representa el poder, la esfera de la muerte, aunque, físicamente vivo, está ya muerto, y cuando cumple años no puede añadir vida sino sólo muerte sobre muerte.
En el día siniestro de su cumpleaños-aniversario fúnebre, Herodes ofrece una cena "a sus magnates, a sus oficiales y a los notables de Galilea", la acostumbrada fauna de enanos y bailarinas que, obsequiosa, rodea desde siempre a los poderosos de turno que, conscientes de no ser amados, gustan de ser adulados.
Durante la fiesta sucede un hecho inaudito para una corte oriental: la hija de Herodías se pone a bailar para los comensales.
La danza de una princesa no tiene precedentes en aquel mundo, por cuanto eran sólo las bailarinas-prostitutas las que bailaban durante los banquetes.
Herodías, que, para conservar el poder alcanzado considera lícito cualquier medio, no duda en prostituir a su propia hija que es poco más que adolescente: los evangelistas la presentan con un término griego que indica una muchacha en edad casadera, hecho que tenía lugar en el mundo hebreo entre los doce o trece años de edad.
La escena del banquete resalta un modelo querido por la literatura judía, el de Ester y del rey Asuero.
Pero mientras Ester seduce al rey para salvar al pueblo de la muerte (Est 5-7), Herodías prostituye a su hija para asesinar a un inocente.
Herodes está satisfecho: ha ofrecido a sus comensales un espectáculo impensable en las otras cortes orientales y digno de la gran Roma.
Aunque princesito de provincia, se siente ya un gran rey que puede disponer de su reino y promete a la muchacha: "Pídeme lo que quieras, que te lo daré".
Una fanfarronada.
Herodes es una nulidad, un simple administrador de un territorio no suyo, sino de los conquistadores romanos, del que no tiene ni siquiera poder para ceder ni un palmo de terreno: con singular ironía, el evangelista Marcos, desde este momento en adelante, lo llamará siempre "el rey".
De hecho Herodes Antipas no es sino un mediocre príncipe de poca monta que Jesús define como "zorro" (Lc 13,22), animal que en la cultura hebrea no representa la astucia sino la insignificancia.
La "hija de Herodías", sin identidad ni personalidad, tiene que preguntar a la madre qué es lo que quiere, y Herodías tiene ya preparada la petición que debe hacer al marido: "la cabeza de Juan Bautista".
La hija, dispuesta a todo con tal de complacer a su madre, va precipitadamente a Herodes ("entró ella enseguida adonde estaba el rey") y transmite la petición de la dulce mamaíta; y con un añadido propio relativo al modo ("ahora mismo... en una bandeja"), ordena terminantemente: "Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan Bautista".

ENANOS Y BAILARINAS.

(Mt 14,1-12; Mc 6,17-29)

Mateo y Marcos, los dos evangelistas que narran la ejecución de Juan el Bautista (Mt 14,1-12; Mc 6,17-29), omiten deliberadamente en su versión de los hechos dar el nombre del principal protagonista del relato, presentada solamente como "hija de Herodías".
En una narración en la que todos los personajes llevan nombre (el festejado es Herodes, el muerto es Juan, la que pide el asesinato, Herodías) llama la atención la omisión del nombre de la hija de Herodías, Salomé, de "Shalom", "paz" (Ant. 18,136.137).
Habitualmente los evangelistas presentan un personaje anónimo cuando, más allá de su real dimensión histórica, lo creen representativo de cuantos se pueden reconocer en sus rasgos: es raro que de una persona, de la que se sepa cómo se llama, se evite el nombre.
En el episodio la omisión del nombre se explica porque Salomé es presentada como persona sin cáracter ni voluntad propia, sólo como peón de una intriga macabra en la que los evangelistas prefiguran el complot que llevará al asesinato de Jesús.

IMPOTENTE PODER.

Frente a la espera del acontecimiento prodigioso que se la ha pedido, Jesús replica: "Eres tú quien debe bajar y tu hijo vivirá". En esta invitación se encuentra el núcleo del problema y la causa de la enfermedad del hijo del dignatario: "baja tú".
El dignatario ha pedido a Jesús que "baje" de lo alto de su omnipotencia para obrar un milagro.
Pero Jesús no puede.
Quién está "en lo alto" no es Jesús, que "no ha venido para ser servido, sino para servir" (Mt 20,28), sino el dignatario.
Éste debe bajar y abandonar su privilegiada posición, porque los títulos honoríficos, en cuanto prestigiosos, son incapaces de comunicar vida, y un hijo, si no recibe la vida del padre, no puede existir: muere.
El dignatario, habituado a concebir jerárquicamente las relaciones con los otros, habla del hijo utilizando la palabra "chiquillo", término que en la lengua griega significa también "siervo" e indica la inferioridad y la sumisión del hijo respecto al padre.
Jesús le recuerda que es su "hijo", vocable que exige una relación de igualdad debida a la comunicación de vida entre padre e hijo.
La dinámica del relato se comprende mejor si se inserta en la cultura de la época, en la que se creía que la vida era transmitida íntegra y exclusivamente por el padre (por esto no existe en la lengua hebrea el término "progenitor" sino "padre" y "madre" con papeles completamente diversos: mientras el padre es el que "engendra" al hijo, la función de la madre consiste en alimentarlo y después "darlo a luz", Is 45,10).
La causa de la enfermedad mortal del hijo es la falta de relación con el padre; el evangelista subraya lo dramático del caso indicando que se trata de un hijo único ("el hijo").
La grave responsabilidad del dignatario real es el haber sido separado del papel a él atribuido por la sociedad, sacrificando "paternidad" por "dignidad". Solamente ahora éste se da cuenta de que con todo su poder es impotente para salvara a su hijo.
Pero siempre es posible -como en este caso- la conversión: "Se fió el hombre de las palabras que le dijo Jesús y se puso en camino".
Jesús lo ha invitado a una auténtica relación con el hijo enfermo, a no esperar de Dios el milagroso "maná del cielo" para alimentarlo y darle vida, sino a convertirse él mismo en pan para el hambriento.
Mientras los hombres le piden una "señal para que viéndola le crean" (Jn 6,30), Jesús lo invita primero a creer para hacerse después señal visible; el dignatario en lugar de esperar "señales y prodigios" de lo alto, comprende que debe ser él mismo una señal eficaz para el hijo.
Aquél que había comenzado pidiendo a Jesús "ponerse en camino" comprende que la causa de la enfermedad era su "estar en lo alto" y que debía bajarse, despojarse de su dignidad real, para volver a ser un hombre. Sólo desde el momento en que empieza a bajar, a ponerse en camino, Juan lo llama "hombre".
En cuanto el potente abandona el pedestal de su propia posición, comienza la metamorfosis: ya no es un "dignatario" que ordena, sino un hombre que cree ("Se fió el hombre...") y el personaje importante vuelve a ser persona. "Cuando iba a ya bajando lo encontraron sus siervos y le dijeron que su chico vivía".
El hombre continúa descendiendo, se pone en el nivel del enfermo y éste vive.
Está claro cuál era la enfermedad del hijo: la ausencia del padre.
Aquél que debía transmitirle la vida, no existía ya.
Era solamente un personaje tan distante como para no poder transmitir otra cosa que muerte.
El hombre les preguntó a qué hora se había puesto mejor, y ellos le contestaron: "Ayer a la hora séptima se le quitó la fiebre". Cayó en la cuenta el padre de que había sido aquélla la hora en que le había dicho Jesús: "Tu hijo vive, y creyó él con toda su familia".
El hijo no sólo ha mejorado, sino que está curado. Porque el dignatario, "bajando" ha vuelto a ser en primer lugar "hombre" y después "padre", aquel que transmite al hijo la vida para hacerlo igual a sí.
Por primera vez en el relato aparece la "familia" que antes no existía, porque no se podía llamar así a la casa del dignatario real donde todos eran subordinados. El dignatario que había ido a Jesús para pedirle que curase a su hijo ha descubierto ser él mismo el enfermo que debía ser curado.

¿QUIÉN DEBE BAJAR?

El paso que va de la espera pasiva de milagros para cambiar el mundo al empeño activo por transformarlo, se presenta en el evangelio de Juan de modo figurado.
Escribe el evangelista que "había un dignatario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaún" (Jn 4,46).
No se habla como sería de esperar de "un padre (o un hombre) cuyo único hijo...", sino de un "dignatario real" (el término griego indica a alguien perteneciente a la familia real, más que a un simple descendiente o "funcionario".
El protagonista de la narración se identifica hasta el punto con su papel que no se presenta como hombre, marido o padre, sino sólo como "dignatario real".
A través de la figura rigurosamente mantenida en el anonimato de un individuo que goza de gran autoridad y prestigio en la sociedad, el evangelista representa a cualquier persona que ejerza poder.
El dignatario se da cuenta (un poco tarde) de que su único hijo, su heredero, está en las últimas.
Sabiendo que Jesús se encontraba en Caná de Galilea, le salió al encuentro pidiéndole "que bajase y curase a su hijo, que estaba a punto de morir". No dice qué clase de enfermedad tiene, porque ésta, como se desvelará más tarde, se llama "dignatario real".
El dignatario, hombre importante, cuyo papel en la corte lo ha colocado en el vértice de la sociedad, no interpela a uno a quien considera inferior, sino a aquél que tiene por más poderoso: Jesús Mesías, el Hombre-Dios.
Y le suplica entrar en acción, "que baje", con una intervención que actúe con eficacia y rapidez desde fuera sobre su propio hijo moribundo.
Puede parecer desconcertante el áspero reproche que Jesús dirige a un padre lleno de angustia por el propio hijo: "Como no veáis señales portentosas, no creéis".
Jesús no responde a una sola persona, sino que usando el plural ("como no veáis... no creéis") se dirige a todos aquellos que se reconocen en el personaje del dignatario: aquellos que buscan siempre soluciones desde fuera, que sean tal vez costosas, difíciles, "con señales portentosas" a su exclusiva disposición.
Incapaces de escudriñarse por dentro, éstos no se dan cuenta de que el remedio sería sencillo, al alcance de la mano, pero tal que los obligaría a mirar en su propio interior; pero esta visión no sería demasiado hermosa (aquellos que buscan "signos" son calificados por Jesús como "generación perversa y adúltera", Mt 16,4).
El dignatario no comprende el reproche de Jesús dirigido a que no busquen soluciones portentosas de lo alto, e insiste: "Señor, baja antes que se muera mi chiquillo".
La suya no es una oración, sino una orden: baja..., intervén..., cura", insistiendo en el equívoco de pedir a Jesús aquello que se espera deba hacer el mismo dignatario.
Y mientras tanto se pierde el tiempo: el hijo está muriéndose, el dignatario real insiste y Jesús no da un paso.
La persistente súplica del dignatario es un intento de adjudicar a Jesús la reponsabilidad del agravamiento de la condición del propio hijo: "antes que muera".
Jesús tiene la culpa si el hijo se agrava.
"Si hubiese estado aquí, mi hermano no habría muerto", reprocha Marta a Jesús (Jn 11,21); "¿No te importa que muramos?, claman los discípulos contra un Jesús adormecido (Mc 4,38).

1/11/2012

¿MILAGROS? NO, GRACIAS.

Los "signos" cumplidos por Jesús y narrados en los evangelios son manifestaciones del amor de Dios a la humanidad, no perceptibles por cuantos esperan demostraciones de poder (Jn 2,18):
"Pues mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos escándalo, para los paganos locura" (1 Cor 22-23).
Los sedientos de lo extraordinario, incapaces de reconocer a Dios en lo cotidiano, piden insistentemente a Jesús que les muestre "una señal del cielo" (Mt 16,1-4).
Como el profeta Elías buscan a Dios en "el huracán tan violento, que descuajaba los montes y hacía trizas las peñas delante del Señor, en el terremoto y en el fuego" (1 Re 19,11-12). A cuantos le piden "milagros" que vuelvan en beneficio propio las leyes físicas que regulan el mundo, Jesús responde con una invitación a la "conversión", un cambio en las leyes que regulan las relaciones sociales en beneficio de los otros.
Su enseñanza no deja espacio a la espera de intervenciones espectaculares de lo alto, sino que es una invitación a practicar con fidelidad un amor al alcance de todos: "Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme" (Mt 25,35-36).
No hay necesidad de que el Señor "multiplique" los panes. Basta con distribuir proporcionalmente los que ya hay (Mt 14,13-21).
No es menester gritar "Sálvanos Señor" (Mt 8,25), sino darse cuenta de que la salvación se ha realizado ya y hacerla operativa (Mc 16,16).
Por esto en los evangelios no se encuentra nunca la palabra griega que significa "milagro", y Jesús presenta siempre un duro rechazo a la petición de hacer "signos y prodigios".
La expresión "signos y prodigios" que se refiere a los tan estrepitosos como funestos portentos de Moisés (Éx 7,3.9), se atribuirá siempre a los que se llaman a sí mismos ungidos del Señor y falsos profetas que "ofreceran señales y prodigios, que engañarían, si fuera posible, también a los elegidos" (Mt 24,24), pero no será nunca utilizada para indicar la actividad vivificadora de Jesús.
Por las acciones del Señor, los evangelistas prefieren utilizar los términos "signos" y "obras", gestos que potencian la vida de los hombres desde dentro comunicándole la misma capacidad de amar de Jesús.
Estas acciones no son una prerrogativa exclusiva de Jesús, sino una facultad que todo creyente está obligado a mostrar como efecto de la adhesión a Cristo: "Sí, os lo aseguro: Quien me presta adhesión, hará obras como las mías y aún mayores" (Jn 14,12).