5/25/2013

TAN PIADOSOS, TAN DEVOTOS. PRÁCTICAMENTE INÚTILES. Sacerdote y sordomudo.



A esta pareja, tan piadosa como estéril, se le presenta la ocasión de cambiar su propia situación. De hecho, escribe el evangelista, -mientras Zacarías prestaba su servicio sacerdotal ante Dios en el turno de su sección, le tocó entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso, según la costumbre del sacerdocio- (Lc 1,8-9).
A Zacarías se le brinda una ocasión única: el que ha sido elegido una vez no puede entrar nunca más en sorteo hasta que todos los sacerdotes de las veinticuatro categorías no hayan sido también sacados a sorteo; nunca ningún sacerdote había ofrecido el incienso dos veces en su vida. 

Siendo esta misión muy ambicionada, los sacerdotes hacían lo imposible por podérsela adjudicar recurriendo a toda clase de embustes, y se habían dado casos en los que un concurrente había eliminado a otro -clavándole un cuchillo en el corazón. (Tos. Yoma, 1,12). 

El incienso se quemaba en el interior del -Santo- (la parte del templo reservada a los sacerdotes) al despuntar del día y al principio de la tarde. -El sacerdote derramaba el incienso aromático sobre los carbones del altar y la casa entera se llenaba del humo» (Yoma M., 5,1), después se detenía brevemente en oración. 

En este momento solemne e irrepetible de su vida, en un contexto donde todo es sagrado, «se le apareció a Zacarías el ángel del Señor» (Lc 1,11), que le anuncia que su oración ha sido escuchada. 

La escucha favorable no mira tanto al nacimiento de un hijo, que Zacarías e Isabel no esperan ya poder tener, sino a la liberación del pueblo, .. la salvación de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian- (Lc 1,71). Y este es el motivo por el que -muchos se alegrarían de su nacimiento- (Lc 1,14). 

Al hijo, cuya misión será la de -preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1,17), Zacarías deberá ponerle el nombre de Juan que, en hebreo, significa -Yahvé ha otorgado gracia. 

Zacarías se desconcierta. 

Había entrado en el Santuario para llevar a cabo un rito bien concreto, del que todo tipo de novedad estaba ausente y las sorpresas quedaban excluidas. 

En los textos litúrgicos, que seguía escrupulosamente, no estaba prevista aquella incursión de Dios. 

Las palabras del ángel contienen novedades que Zacarías no comprende. 

Una tradición secular enseñaba que al primogénito varón se le imponía el nombre del abuelo o del padre, quien, con su nombre, le transmitía también la tradición y la religiosidad de la familia. 

¿Por qué poner al hijo que va a nacer un nombre que ninguno de sus parientes lleva? 

Pero el ángel prosigue con las novedades, anunciando a Zacarías que la misión de Juan será la de -reconciliar a los padres con los hijos. (Lc 1,17). 

¿Y qué decir de los hijos hacia los padres? 

El ángel ha citado el fin del libro de Malaquías, en el cual se describe la acción del profeta Elías, enviado por Dios "para reconciliar el corazón de los padres con los hijos”, pero ha omitido el anuncio de la conversión del "corazón de los hijos hacia los padres. (Mal 3,24). 

El sacerdote Zacarías se esfuerza por comprender que ha comenzado una época nueva, en la que los hijos no serán ya obligados a aceptar las tradiciones de los padres, sino que serán los padres quienes deberán cambiar su mentalidad para acoger la novedad traída por los hijos, como el vino nuevo que no puede contenerse en los viejos odres, sino que tiene necesidad de odres nuevos.

Es demasiado para el pobre Zacarías que protesta y responde al ángel que no, que eso no va con él: -Yo soy viejo ya y mi mujer de edad avanzada. (Lc 1,18). 

A las objeciones de Zacarías, el ángel responde: "Yo soy Gabriel» (Lc 1,19). 

Zacarías no se ha dado cuenta de con quien está hablando: "Yo soy' es el nombre que Dios ha revelado a Moisés en el episodio de la zarza ardiente (Éx 3,14), y -Gabriel- en hebreo significa: -Fuerza de Dios. 

Pero el sacerdote, perfecto observante de todas las leyes y prescripciones del Señor, preparado para hablar a Dios en el rito, una vez que Dios le ha hablado en la vida, no lo cree. 

Tanta observancia y tanto culto no han sido capaces de darle la fe. 

Y, por esto, se queda mudo. 

Está mudo, porque es sordo. 

Un sacerdote, que no cree la “buena noticia » traída de parte de Dios, no tiene nada que transmitir al pueblo. Pero, no obstante la imposibilidad de hablar, Zacarías permanece en el Santuario todo el periodo que se le asignó para el servicio litúrgico: a la institución religiosa, un sacerdote mudo no le crea ningún problema. 

Si el Templo es el lugar de la incredulidad del sacerdote, la casa de Zacarías será el lugar de la fe del profeta. 

La ocasión se le presenta con el nacimiento del hijo, que los padres -se empeñaban en llamarlo Zacarías, por el nombre de su padre. (Lc 1,59). 

Pero esto es impedido por la inesperada intervención de Isabel que, -llena de Espíritu Santo » (Lc 1,41), impone que se llame Juan (Lc 1,60). 

De nada valen las protestas escandalizadas de los parientes, pues el nombre es ratificado por el padre Zacarías, ahora descrito como un sordomudo al que deben preguntarle "por señas cómo quería que se llamase. (Lc 1,62), escribe su respuesta en una tablilla: -Su nombre es Juan. (Lc 1,63). 

El desconcierto es general: -todos quedaron sorprendidos- (Lc 1,63). 

No se había visto hasta ahora una mujer imponer el nombre al hijo (esto era derecho de los padres) y, mucho menos, un sacerdote, hombre del culto y del pasado, romper con la tradición. 

Zacarías, abandonado finalmente el pasado, recupera la palabra y profetiza "lleno de Espíritu Santo. (Lc
1,67). 

El sacerdote ha dejado el puesto al profeta.

El hijo que ha nacido no será obligado a entrar en las categorías religiosas paternas, porque ha sido el padre quien ha cambiado y ha acogido la novedad del hijo. 

Con tal padre y tal madre, los vecinos “llenos de temor», se preguntan alarmados: «¿Qué irá a ser este niño, y por toda la región corrió la noticia de estos hechos» (Lc 1,65-66).

TAN PIADOSOS, TAN DEVOTOS. PRÁCTICAMENTE INÚTILES. Santos y Malditos.



Los primeros personajes que abren el evangelio de Lucas son dos pertenecientes a lo más selecto de las familias sacerdotales de Israel: un sacerdote y su mujer, también ella de estirpe sacerdotal por ser descendiente de Aarón, hermano de Moisés y primo del sumo sacerdote de Israel. 

Lucas los presenta de forma solemne: -Hubo en tiempos de Herodes, rey del país judío, cierto sacerdote de nombre Zacarías, de la sección de Abías; tenía por mujer a una descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel .. (Lc 1,5). 

Los nombres que el evangelista escoge para sus personajes están cargados de significado y de historia: Zacarías (del hebreo Zelearyábü) significa -Yaboé se acuerda», y en la Biblia es nombre de reyes, sacerdotes, profetas y mártires; mientras que Isabel (del hebreo Elisbába'), «Dios es plenitud" es el nombre de la única Isabel del Antiguo Testamento, la mujer de Aarón. 

Zacarías es sacerdote. Con una población de cerca de seiscientos mil habitantes, los sacerdotes en Palestina eran aproximadamente dieciocho mil: un sacerdote por cada treinta personas. 

Este elevado número se debe al hecho de que no se llegaba a sacerdote por vocación, sino por nacimiento: el sacerdocio era hereditario y se transmitía de padres a hijos. 

La pertenencia de Zacarías al clero no le daba demasiado quehacer. Como todos los sacerdotes residía en su aldea, donde desempeñaba un trabajo, ejerciendo en el templo de Jerusalén dos semanas al año y durante las tres fiestas anuales de peregrinación (Pascua, Pentecostés y Tabernáculos). 

Para permitir a todos los sacerdotes oficiar en el Santuario, éstos se subdividían en veinticuatro categorías. Zacarías pertenecía a la comprendida entre las diez más importantes. 

El evangelista subraya el comportamiento religioso de Zacarías e Isabel, cuando dice que -ambos eran justos delante de Dios, pues procedían sin falta según todos los mandamientos y preceptos del Señor .. (Lc 1,6). 

Zacarías e Isabel son modelos de santidad: no sólo pertenecen a la aristocracia sacerdotal, sino que en la práctica cotidiana de la religión son insuperables, pues no se limitan a cumplir todo lo que la Ley manda a los hebreos, sino que observan incluso los seiscientos trece preceptos que los rabinos habían encontrado en la legislación de Moisés. Por esto se definen como -justos .. , esto es, fieles a la voluntad de Dios. 

Imposible no admirar a una familia de esta clase, que, sin lugar a dudas, será bendecida por Dios. 

¿Bendecida? 

No. Maldita. 

Después de haber presentado lo mejor de la religiosidad judía, mientras el lector comienza a admirar a esta pareja, Lucas afirma que no sólo no es bendecida, sino que, según la mentalidad de la época, es castigada: de hecho -No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y eran ya los dos de edad avanzada .. (Lc 1,7). 

La religión enseñaba que Dios premiaba a los justos, concediéndoles una larga vida, mujer fértil y abundancia de hijos. Al contrario, los malvados eran castigados con una vida breve, miseria y mujer estéril.
La esterilidad no era considerada, por cierto, un hecho fisiológico, sino religioso que caía de lleno entre las maldiciones de Dios: -La estirpe de los impíos es estéril. (Job 15,34). 

El evangelista denuncia que Isabel y Zacarías, no obstante su fidelidad a las prescripciones más pequeñas, son incapaces de practicar el primer gran mandato que Dios había dado a los hombres: « Creced y multiplicaos» (Gn 2,28).

TAN PIADOSOS, TAN DEVOTOS. PRÁCTICAMENTE INÚTILES. Zacarías e Isabel.



La denuncia que Jesús hace del templo de Jerusalén como -cueva de ladrones. (LC 19,46) encuentra estrechos paralelos en los escritos de la época. 

Flavio Josefo, historiador contemporáneo de los evangelistas, describiendo las grandes tensiones dentro del clero, afirma que existía -una mutua enemistad y lucha de clases entre los sumos sacerdotes de una parte y los sacerdotes de Jerusalén, de la otra. Cuando se enfrentaban entre ellos, usaban un lenguaje injurioso y se golpeaban unos a otros con piedras (Antigüedades, 20, 180). 

Estas disputas se debían a la glotonería de los sumos sacerdotes, que llegaban incluso a robar las pieles de los animales inmolados en el Templo que debían ser repartidas cada tarde entre los sacerdotes (Pes. B. 57a). 

Su avidez era tal que -no dudaban en mandar a sus siervos a las eras, una vez trillado el grano, y en retirar el diezmo debido a los sacerdotes, con el resultado de que los más necesitados entre éstos morían de hambre » (Antigüedades 20,181). 

Los hambrientos sacerdotes se resarcían durante su turno de servicio en el Templo y se hinchaban devorando la carne de los animales sacrificados. 

La enorme ingestión de carne, unida a la prohibición de beber vino durante el periodo de servicio, daba lugar a frecuentes indigestiones hasta el punto de que, en el templo, un médico se encargaba de curar sus dolores de vientre. 

Nada extraño que en este ambiente fuese difícil encontrar manifestación de fe, como describe Lucas al comienzo de su evangelio.

UN DON SUFRIDO. La red de Mammón.



“Hombre de poca fe” es una expresión judía, con la que se reprocha a quien está tan ansioso del futuro que no es capaz de disfrutar del momento presente: “Quien tiene un pedazo de pan en el cesto y se pregunta: '¿Qué comeré mañana?' es un hombre de Para fe» (Sota 48b). 

También en los evangelios la "poca fe” es fruto de una preocupación por el futuro que impide apreciar el presente. 

Y la expresión”-hombres de poca fe” está siempre relacionada con el ansia constante de los discípulos, que se preguntan: -¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber? o ¿con qué nos vamos a vestir? (Mt 6,31). 

Estos discípulos son aquéllos que Jesús llamó e invitó a seguirlo para que fuesen pescadores de hombres (“Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”, Mt 4,20). Pero, abandonadas las redes para la pesca que les aseguraba el sustento cotidiano, se han enredado en la red de “Mammón” (Mt 6,24), la inquietud por el futuro que les hace ver en la acumulación de bienes la solución de todos los problemas. 

El ansia por el mañana hace a los discípulos incapaces de realizar la única cosa para la cual Jesús los había llamado, para ser -pescadores de hombres- (Mt 4,19). 

Jesús los ha invitado a liberar a las personas (“expulsar los espíritus inmundos”, Mt 10,1), pero la única vez que ellos encuentran la ocasión de hacerla resultan impotentes: -¿Por qué razón no pudimos echarlo nosotros? Y él les contestó: “'Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza le diríais a ese monte que se moviera más allá y se movería. Nada os sería imposible'» (Mt 17,19-20). 

En lugar de trabajar por extender el reinado de Dios, actividad que habría garantizado la abundancia de todas las cosas, los discípulos buscan las cosas y se olvidan del reino: “El agobio de esta vida y la seducción de la riqueza ahogan la Palabra y ésta se queda estéril”. (Mt 13,22). y Jesús, pacientemente, intenta infundir en ellos la confianza plena en un Padre que, si alimenta incluso a los animales considerados insignificantes como -los pájaros del cielo», o impuros como los “cuervos” (Lv 11,14; Lc 12,24), “que ni siembran, ni siegan ni almacenan en graneros» (Mt 6,26), ¡cuánto más se ocupará de aquellos que siembran, siegan y recogen!

Para hacer comprender mejor a los discípulos la preocupación del Padre por ellos, Jesús les propone una doble comparación: de un lado Salomón, el rey megalómano que pasó a la historia por el lujo desenfrenado de su corte y por su palacio revestido de oro, hasta el punto de que en su tiempo “consiguió que en Jerusalén la plata fuera tan corriente como las piedras y los cedros como los sicómoros de la Sefela”; por otro, los lirios del campo, las flores más comunes, cuya floración duraba apenas un día. Y, sin embargo, afirma Jesús que “ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como cualquiera de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, la viste Dios así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? (Mt 6,28-30). 

Por estos motivos Jesús invita a los discípulos a “no andar preocupados por el mañana, porque el mañana se preocupará de sí mismo” (Mt 6,34). 

Jesús les asegura que, como han experimentado en el pasado el amor de Dios, la solicitud del Padre está garantizada también para el futuro, en cualquier circunstancia. 

Pero sus palabras caen en vacío. 

Los discípulos siguen sin comprender y, en la primera situación de dificultad, vuelve a aparecer su poca fe.
Durante la violenta tempestad en el lago, mientras la barca en la que Jesús estaba con los discípulos “desaparecía entre las olas- (Mt 8,24), éstos, llenos de pánico, despiertan a Jesús (que, sin embargo, duerme) y gritan: -¡Sálvanos, Señor, que perecemos! Y él les dijo: ¿Por qué sois cobardes? ¡qué poca fe” (Mt 8,25-26). 

El evangelista no solo subraya que su grito de auxilio no es expresión de fe, sino que, sin más, la fe está ausente de ellos casi del todo. 

Los discípulos creen tener que despertar a Jesús, pero en realidad la que debía despertarse era su fe en él.
Su falta de fe se debe al poco conocimiento que tienen de Jesús. De hecho, “llenos de estupor» se preguntan luego: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? (Mt 8,27)” Incluso siendo discípulos y compartiendo la vida con Jesús, no han comprendido todavía que aquél a quien siguen es el “Dios con nosotros» (Mt 1,23). 

A pesar del severo reproche de Jesús, Pedro hace la misma petición de auxilio por segunda vez cuando intenta caminar sobre el agua: “Al sentir la fuerza del viento, les entró miedo, empezó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor! Jesús extendió en seguida la mano, lo agarró y le dijo: “ ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?” (Mt 14,30-31). 

Ambas veces la falta de fe se debe al miedo por un suceso que los discípulos viven como especialmente peligroso. 

Jesús ha hecho partícipe a sus discípulos de los dos repartos de panes y peces, en los que no sólo “todos comieron hasta quedar saciados “ (Mt 14,20; 15,37), sino que quedaron doce cestas llenas de sobras (Mt 16,7). 

Y Jesús, una vez más, tiene que reprenderlos por su torpeza de entendimiento: “¿Por qué os decís entre vosotros, gente de poca fe, que no tenéis pan? ¿No acabáis de entender?, ¿no recordáis los cinco panes de los cinco mil y cuántos cestos recogisteis?, ¿ni los siete panes de los cuatro mil y cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no hablaba de panes” (Mt 16,8-11). 

La fe que Jesús intenta suscitar en los suyos es la que nace de la experiencia de un Dios siempre a favor de los hombres, de un Padre que sabe qué es lo que éstos necesitan, antes aún de que se lo hayan requerido (Mt 6, 8). 

La fe en este Padre no elimina las inevitables dificultades que la vida presenta, sino que da a los hombres una capacidad y una fuerza distinta para afrontarlas y vivirlas: éstos saben que “con los que aman a Dios ... él coopera en todo para su bien» (Rorn 8,28). 

Cuando “Dios está a favor nuestro, ¿quién podrá estar en contra? ... ¿Quién podrá privamos de ese amor del Mesías? .. ¿Acaso la tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? ... Nada podrá privamos de ese amor de Dios, presente en el Mesías Jesús, Señor nuestro» (Rom 8,31.35.39).