5/25/2013

UN DON SUFRIDO. Hombres de poca fe.



A lo largo del evangelio resuena con frecuencia el reproche de Jesús a sus discípulos de ser hombres de poca fe, llamada de atención que va dirigida en particular a Pedro, el hombre de poca fe por excelencia (Mt 14,31). 

Si para los discípulos hay solamente reproches en el evangelio, los elogios a la fe de los paganos y de los marginados abundan en él. 

Paradójicamente, las personas tenidas por más alejadas de Dios y de la religión son aquellas que consiguen demostrar una verdadera fe. Aquellos que viven codo con codo con el Señor carecen de ella. 

Jesús dice del centurión pagano que “en ningún israelita ha encontrado tanta fe» (Mt 8,10), pero se maravilla por la total ausencia de fe de los fieles de la sinagoga de Nazaret donde -no hizo muchas obras potentes por su falta de fe” (Mt 13,58). Sus mismos discípulos parecen no haber hecho grandes progresos si, después de su resurrección, Jesús se ve obligado a “echarles en cara su incredulidad y su terquedad en no creer a los que lo habían visto resucitado» (Mc 16,14).

Por parte de los discípulos se da una visión de la fe que Jesús intenta corregir. Suponiendo que tener fe depende de la acción del Señor, éstos le piden que se la aumente: “Auméntanos la fe” es su súplica. 

Pero Jesús no está de acuerdo con esta idea. La fe no depende solamente de Dios, sino también del hombre. 

La fe no es un don de Dios, sino la respuesta de los hombres a su amor incondicional. Por esto, en el evangelio de Lucas, la cruda respuesta de Jesús a la petición de los discípulos de aumentar su fe es la constatación de que éstos no tienen en modo alguno fe: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a esa morera: 'quítate de ahí y tírate al mar' y os obedecería” (Lc 17,6). 

Jesús objeta a los discípulos que no se trata de aumentar la fe: el problema es tenerla o no. Y ellos no la tienen ni siquiera del tamaño de “un grano de mostaza”, semilla proverbialmente conocida como “la más pequeña de todas las que hay en la tierra” (Mc 4,31). 

Como prueba de que la fe es la respuesta del hombre al amor de Dios, el evangelista coloca, después de la petición de los discípulos, el episodio de los diez leprosos. 

Jesús libera de la impureza a los diez leprosos, pero sólo “uno de ellos, viendo que se había curado, se volvió alabando a Dios a grandes voces y se echó a sus pies rostro a tierra, dándole las gracias” (Lc 17,15-16). 

Los diez reciben el amor que los purifica (“¿No han quedado limpios los die”, Lc 17,17). Uno solo responde, y únicamente en este caso se habla de fe: “Levántate, vete, tu fe te ha salvado” (Lc 17,18). La fe del leproso se manifiesta en la alabanza a Dios y en el agradecimiento a Jesús. 

Una vez más quien demuestra fe es el individuo considerado más alejado del Señor: este leproso de hecho “era un samaritano” (Lc 17,16), esto es, uno que pertenecía a aquel pueblo idólatra catalogado entre los “enemigos de Dios” (Sifré Dt 41, § 331, 140a). Pero Jesús acepta y elogia el agradecimiento del Samaritano, el hombre del que, según el Talmud "no estaba permitido recibir don alguno" (Sheq. M. 1,5).

UN DON SUFRIDO. Los discípulos.



«La fe es un don de Dios- es la fórmula preferida por las personas que no tienen fe, y si es un don de Dios, depende del Señor la cantidad y la calidad de la fe de los hombres. Si uno no tiene fe, no es el responsable de ello, sino Dios mismo que no le ha dado ese don ... 

Un don normalmente más sufrido que envidiado por quien lo tiene, pues muchos mantienen que tener fe significa deber aceptar resignados los caprichos de la voluntad divina o de quienes se propugnan sus portavoces. Por esto se oye frecuentemente la expresión: -Dichoso tú que tienes (tanta) fe, con lo que se quiere decir en realidad: -yo estoy mucho mejor sin ella-. 

Las incertidumbres y dudas de la fe son el objeto de este libro, en el que se presenta a los personajes evangélicos desde Isabel y Zacarías a María de Magdala y Tomás, reunidos bajo la óptica común de su dificultad para creer en el Dios de Jesús.

ANTONIO DE PADUA.



Antonio de Padua 1, incansable fustigador de las corruptas costumbres eclesiásticas, es conocido por la mayoría de la gente como el empalagoso hermanito imberbe que se entretiene con el Niño Jesús, encuentra objetos perdidos y proporciona novios a las doncellas. 

Es casi desconocida la obra literaria de este santo, volcada en sermones que han quedado pretendidamente desconocidos por la escandalosa violencia de las expresiones usadas contra la jerarquía eclesiástica. 2
 
Los sermones, escritos en los últimos años de su vida, no son las trascripciones de los discursos tenidos por el santo, sino un prontuario de homilías dominicales y festivas compuestas por él para uso de sus hermanos. Las violentas invectivas contenidas en estos sermones no nacen, por tanto, del arrebato de la predicación, sino que todas han sido pensadas y escritas pretendidamente. 

Pronunciadas en el lenguaje franco de los profetas, sus sermones son una despiadada crítica a las autoridades religiosas, aunque nadie osaría afirmar que Antonio no amase a la Iglesia: es ciertamente el amor por la Esposa de Cristo el que empuja al santo a denunciar a cuantos la han reducido a una ramera. 

Antonio y los obispos de su tiempo anunciaban el mismo evangelio de Jesús. Su manera de vivirlo era profundamente diversa. 

El santo acusa abiertamente a la jerarquía eclesiástica de seguir a Satanás, en lugar de a Jesucristo, y no duda en denunciar -a los prelados de nuestro tiempo, que no son discípulos de Cristo, sino del anticristo 3

Profundo conocedor de la Sagrada Escritura, Antonio recurre frecuentemente a los episodios bíblicos para censurar a los eclesiásticos, como sucedió irrespetuosamente a propósito de la burra de Balaán 4: -El obispo de nuestro tiempo es como Balaán, sentado sobre la burra: ésta veía al ángel, mientras que Balaán no podía verlo. Un obispo escandaloso es un trono inútil: con su mal ejemplo precipita la hermandad de los fieles, primero, en el pecado y, luego, en el infierno; con su estupidez, puesto que es inepto, desconcierta a los fieles; con su avaricia devora al pueblo. Éste, sentado sobre la burra, no solo no ve el ángel, sino os digo que ve el diablo preparado para precipitarlo al infierno 5

Renovando la denuncia de Jesús a -escribas y fariseos hipócritas que filtran el mosquito y se tragan el camello-6,. Antonio desenmascara la hipocresía de una iglesia corrupta que, abandonado el evangelio, cree solo en el propio prestigio y defiende sus privilegios, levantando murallas de decretos y leyes canónicas. 

-Amad a vuestros enemigos, haced el bien a quien os odia, bendecid a quien os maldice-7, es la enseñanza de Jesús que para Antonio prevalece sobre todas las reglas, instituciones, tradiciones, invenciones: -En las curias de los obispos, los bribones hacen resonar la ley de Justiniano y no la de Cristo: hacen grandes charlas, pero no según tu ley, Señor, que ahora es abandonada y odiada-8. -Si un obispo o un prelado de la Iglesia hace algo contra una decretal de Alejandro, o de Inocencia, o de cualquier otro Papa, es rápidamente acusado, el acusado es convocado, el convocado es convicto de su crimen, y después de convicto, depuesto. Si, sin embargo, comete algo grave contra el evangelio de Jesucristo, que está obligado a observar sobre todas las cosas, no hay ninguno que lo acuse, ninguno que lo reprenda-9.

LOS AFEMINADOS PRELADOS DE NUESTRO TIEMPO

Sin el mínimo temor reverencial, San Antonio escarnece a los altaneros prelados, describiéndolos como -vacas bellas y demasiado gruesas que pastan en lugares cenagosos-10. El apetito de estos religiosos, dedicados únicamente al culto del dios-vientre, desconcierta al santo que desconsolado constata: -¡Ay de mí! Cuántas cosas come [el prelado] y los pobres gritan a su puerta con el vientre vacío y desnudo-11

La pomposa vestimenta religiosa con la que los eclesiásticos caminan majestuosamente “hinchados y engreídos, con la panza fuera”12, para subrayar la sacralidad de la propia persona y distinguirse del común de los mortales, no impresiona al santo, sino que, al contrario, les ridiculiza: -Qué diré de los afeminados prelados de nuestro tiempo, que se acicalan como mujeres destinadas a las bodas, se revisten de pieles varias, y cuyas intemperancias se consumen en literas variopintas, en aparejos y espuelas de caballos, que bermejean la sangre de Cristo?”13

Antonio es despiadado en su denuncia. 

No encuentra ningún atenuante o virtud en los prelados: obispos y sacerdotes no son pastores, sino lobos rapaces que “predican por dinero-14, mientras los clérigos, “muelles, afeminados y corruptos, se presentan por dinero en los tribunales y en las curias, como las prostitutas 15. Para Antonio prelados y clérigos son los ladrones de nuestro tiempo 16, que sobresalen solo en su insaciable voracidad: “No hay en ellos ninguna forma de virtud, no hay honradez de costumbres, sino sólo podredumbre de pecados; excepto la formación de las uñas, con las que arrancan por la fuerza los bienes de los pobres ... estos indignos prelados de la Iglesia no tienen energía alguna en la mente, no siendo capaces de resistir a las tentaciones del diablo: sino que toda la fuerza la tienen en los brazos y en los costados, fuerza de rapiña y de lujuria”17

En lugar de seguidores de Jesús que ha dicho “gratis lo habéis recibido, dadlo gratis-", los hombres de Iglesia usan lo sagrado para saciar su codicia: “Con las ofertas de los fieles que desuellan, los sacerdotes engrasan sus caballos y potras, sus concubinas e hijos”18

La avidez de los sacerdotes es tal que Antonio los denuncia de llegar a prostituir hasta el sacramento del amor: “Los sacerdotes, al contrario, mejor dicho, los mercaderes tienden las redes de su avaricia para amontonar dinero. Celebran la misa por dinero y si no estuviesen seguros de recibir el estipendio, ciertamente no celebrarían la misa; y así el sacramento de la salvación lo convierten en instrumento de codicia”19

Mientras Cristo “de rico que era se hizo pobre”20, sus imaginarios representantes se enriquecen empobreciendo al pueblo: “El prelado de la Iglesia es un león que ruge con su soberbia, un oso hambriento con sus rapiñas, que despoja al pueblo mísero”21. “He aquí a quien se le confía hoy la esposa de Cristo, que fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre, mientras esos se revisten de pieles y se abandonan a la lujuria en lechos de marfil”22

CLÉRIGOS Y CRETINOS.

En su invectiva, Antonio no duda en acusar a las voraces autoridades eclesiásticas por el comercio que hacen del Señor: “Jesucristo, es vendido hoy por aquellos mercaderes que son los arzobispos, los obispos y otros prelados de la Iglesia. Corren y discurren; venden y revenden la verdad por mentiras, destruyen la justicia con simonía 23”. 

Jesús había comparado el templo con una cueva y los sacerdotes con bandidos que acumulaban allí lo robado 24. Para Antonio, la curia no es otra cosa que un lugar de oscuros negocios, sobornos y de comisiones, donde “los notarios de su curia, que son los infames explotadores (estafadores), chupan la sangre de los pobres, vacían los bolsillos de los ricos, y los distribuyen a sobrinos y sobrinas y, tal vez incluso a hijos e hijas!” 25

En sus escritos Antonio habla expresamente de “hijos e hijas” de eclesiásticos. Quizá el celibato de los sacerdotes debía hacer agua por todas partes, si Antonio, sin pelos en la lengua, puede denunciar públicamente al clero de paternidades no sólo espirituales: “Los prelados y sacerdotes de nuestro tiempo ... tienen realmente mujeres e hijos, serpientes que gritan detrás a los sacerdotes: ¡Ay, Ay!”.26; “los osos de nuestro tiempo, esto es, los prelados corruptos, dan a luz carnes muertas, esto es, hijos carnales” 27

El santo no se limita a denunciar el comportamiento moral de los eclesiásticos, sino que rechaza también su enseñanza vacía. 

Para Antonio los prelados son como los escribas que honran al Señor con los labios, mientras su corazón está allí donde tienen su tesoro 28. Todo el día gritan en la Iglesia, ladran como perros, pero no se entienden ni siquiera a ellos mismos, porque tienen el cuerpo en el coro, pero su corazón está en el foro 29

Antonio desmiente la ostentosa santidad de los hombres de Iglesia y afirma que su exhibida devoción en realidad esconde el vacío: -Los traficantes son los abades y priores hipócritas y los falsos religiosos, que, por el dinero de la alabanza humana, en la plaza dé la vanidad mundana venden las falsas mercancías de una santidad que no tienen bajo el pretexto de la religión” 30

Y como Jesús había puesto en guardia a aquellos tratantes que oran "de pie para exhibirse ante la gente-", así Antonio invita a no dejarse engañar por las piadosas actitudes de aquellos religiosos que parecen estar en contacto con Dios. En realidad, ellos están ya en la condenación: “¿Y quién no podía nunca imaginar que los prelados y religiosos, que aparentan hablar con Dios cara a cara, que detentan las llaves del reino de los cielos, pudieran ser conducidos al exilio de la muerte eterna?” 32.

¿Estas feroces reprimendas habrán tenido efecto? 

Probablemente no. 

En el centro de su voluminosa obra, Antonio se da cuenta de hablar al viento y, amargamente, concluye su sermón declarando que los prelados, encerrados en su arrogancia: “aunque oigan una prédica, no entienden. Predicar a los clérigos es hablar a los cretinos: ¿qué utilidad se saca en ambos casos, sino ruido y fatiga?” 33.

1.Fernando de Bulloes y Taveria de Azevedo nació en Lisboa (Portugal) hacia el 1190-1195 y, de muy joven ingresó, en los Canónigos regulares de San Agustín.
La visión de las reliquias de los cinco primeros mártires franciscanos lo impulsó, en el 1220, a entrar en la Orden de los Hermanos Menores, donde tomó el nombre de Antonio. Encargado por San Francisco de enseñar teología a los hermanos, fue el predicador más grande de su tiempo y fue definido por el Papa Gregorio IX "Arca del Testamento y armario de la Escritura divina". Enfermado de hidropesía murió en Acella (Padua) el 13 de Junio de 1231. 

2.El Santo Oficio, todavía en 1948, prohibía la traducción a la lengua italiana de los "Sermones Dominicales", porque los fieles no estaban preparados (después de siete siglos) a soportar su impacto. 

3.    Sermón del IX Domingo de Pentecostés O, 9). 

4.    Nm 22,21-305 Sermón del Domingo de Ramos, 3, 11

5.    Sermón del Domingo de Ramos, 3, 11

6.Mt 23,24. 

7.Lc 6, 27-28. 

8.Sermón del IX Domingo del Tiempo Ordinario (T. O., en adelante), 1-9. 

9.II Sermón del II Domingo de Cuaresma, 1,4. 

10. Sermón del VI Domingo de Pascua, 2, 10. 

11.Sermón del XXII Domingo del T. O., 1,2. 

12.Sermón del XII Domingo del T. O., 1,2 

13.Sermón de la Anunciación, 3,14. 

14.Sermón del IV Domingo del T. O., 3, 13. 

15.Sermón del X Domingo del T. O., 1,9. 

16.Sermón del X Domingo del T. O., 1,9

17.Sermón del IV Domingo del T .O., 3, 14. 

18.Mt 10,8 

19.Sermón del V Domingo del T. O. 

20.2 Cor 8,9 

21.Sermón del IX Domingo del T. O, 1,7. 

22.Sermón de la anunciación, 3, 14. 

23.Sermón del XII Domingo del T.O., 14 

24.Mc 11,15-17. 

25.Sermón del XIII Domingo del T. O., 3,23 

26.Sermón del V Domingo del T O., 2,11. 

27.Sermón del IV Domingo del T. O., 3,14. 

28.MI 15,8; 6,21. 

29.Sermón del X Domingo del T. O., 1.9. 

30.Sermón del XII Domingo del T. O., 1,4. 

31.Mt 6,6. 

32.Sermón del V Domingo del T. O., 1,4. 

33. Sermón del X Domingo del T. O., 1,9.