En lengua hebrea no existe el término "demonio" (del griego "devorador de cadáveres"),
Cuando la Biblia, en una sociedad culturalmente más desarrollada, se tradujo a la lengua griega, se tomaron distancias con relación no sólo a aquellos seres intermedios entre divinidades y hombres, sino también a los personajes mitológicos que se encontraban por doquier en el texto como sirenas, arpías, centauros, sátiros, faunos, duendes, gnomos y espectros, que fueron traducidos todos con el mismo término genérico de "demonio" (Lv 17,7).
Con esta misma palabra se designaron también las divinidades extranjeras, polémicamente degradadas a espíritus malignos, como Gad, el dios arameo de la fortuna, y el "genio protector" de la casa (Is 65,11; Dt 32,17).
Tal vez los traductores exageraron algo y designaron también como demonios a los gatos salvajes (Is 34,14) y a las cabras (Is 13,21).
El demonio más popular del Antiguo Testamento es Asmodeo ("Aquél que hace morir"): enemigo declarado de las uniones conyugales. A Sara "le fue matando todos los maridos (hasta siete) cuando iban a unirse a ella, según costumbre" (Tob 3,8). Tobías, también aspirante a marido suyo, preocupado de que pudiera sumarse a los siete precedentes cadáveres, salvó la vida con un remedio extraño.
Sabiendo que Asmodeo, demonio particularmente débil de estómago, no soporta "el olor del hígado y del corazón del pez", echó esos ingredientes en el brasero del incienso y "el olor del pez contuvo al demonio, que escapó hasta el confín de Egipto" (Tob 8,3).
La sobriedad de la Biblia hebrea y griega respecto a diablos y demonios (no registra ningún caso de posesión diabólica y desconoce el término "endemoniado"), contrasta con su proliferación en el judaísmo, época precedente a la actuación de Jesús, en que el número y la variedad de demonios creció con desmesura dejando espacio a la fantasía más desenfrenada: "Cada uno de nosotros tiene mil -Demonios- a la izquierda y diez mil a la derecha" (Ber. 6a).
En un mundo en el que algunos no comían alubias, convencidos de que contuviesen las almas de los muertos (Plinio, Hist. nat. 18,118), todo lo que aparecía maravilloso o proveniente de causas desconocidas (como la insolación, causada por el "demonio del mediodía", Sal 91,6) era identificado como demonio o acción demoníaca.
Cada demonio tenía su especialidad: la borrachera era provocada por el demonio Shimadon (Ber. R. 36,3), la ceguera por Shabrirri (Ab. A. 3a. bar) y la peste por Queteb (Dt 32,24).
En el Talmud, las hipótesis sobre el origen de los demonios son de lo más variado.
Se cree que son herederos de los "Nephilim", gigantes orientales nacidos de la unión entre seres celestes y las primeras mujeres: "En aquel tiempo -es decir, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas del hombre y engendraron hijos- habitaban la tierra los gigantes" (Gn 6,4).
También hay quien sostiene la teoría de la evolución: "La hiena, después de siete años, se hace murciélago, el murciélago vampiro, el vampiro hortiga, la hortiga espino, y éste, al fin después de siete años, se convierte en demonio" (B.Q. 16,1).
Otros piensan que son criaturas incompletas: Dios había creado ya sus almas,pero cuando iba a modelar sus cuerpos llegó el sábado, lo observó dejando de trabajar, y estas almas, que habían quedado sin cuerpo, resultaron ser los demonios (Ber. r. 7,5).
La noche es su reino incontrastable ("De noche está prohibido saludar a quien sea por temor a que pueda ser un demonio"; Sanh. 44a).
Si el sexo de los ángeles era un enigma, el de los demonios que, como los humanos "comen y beben, se reproducen y mueren" (Hag. B. 16a), estaba claro: eran machos, hembras y gays.
La demonisa más célebre es Lilith (Is 34,14), insaciable doncella lujuriosa que se introduce hábilmente en la cama de los hombres para hacer el amor con ellos. El Talmud advierte: "El que duerme será cogido por Lilith" (Shab 151b).
En la cama le plantea una despiada competencia Ormas, el demonio que se viste de mujer con la intención de engañar y seducir incluso a los hombres.
Quien desea saber si ha sido visitado de noche por un demonio basta con que: "tome ceniza cernida, la esparza en torno a la cama, y por la mañana verá las huellas de patas de gallo" (Ber. 6a), y "quien le quiera ver, que lleve la placenta de una gata negra, nacida de una gata negra primogénita, nacida a su vez de una primogénita, y la seque en el fuego, la triture, se ponga una poca en los ojos, y entonces lo verá" (Ber. 6a).
1/24/2012
DEMONIOS POR TODAS PARTES.
En el uso atento de los vocablos empleados para transmitir el mensaje de Jesús, los evangelistas distinguen entre "diablo" y "demonio", términos diferentes y de significado distinto que se confunden con frecuencia.
"Diablo" es el equivalente griego del vocablo hebreo "satanás" ("adversario", "enemigo"), que en la Biblia hebrea se usa indistintamente para indicar ya la acción del "Ángel del Señor" (expresión que indica a Dios mismo, Éx 16,7), ya a personas como David, enemigo de los filisteos (1 Sm 29,4) o Amán, adversario del pueblo hebreo (Est 7,4).
De las diez veces que aparece en el Antiguo Testamento, la única en que "Satanás" es utilizado como nombre propio es en el libro de las Crónicas (1 Cr 21,1), donde el autor, en una teología más desarrollada, imputa a "Satanás" la intención de hacer el censo de Israel, acción que había sido originariamente atribuida al Señor: "El Señor volvió a encolerizarse contra Israel e instigó a David contra ellos: Anda, haz el censo de Israel y Judá" (2 Sm 24,1).
Con el término "Satanás" se representan también figuras genéricas como el "acusador" (Sal 109,6), título de un funcionario de Dios que forma parte de la corte celeste: "Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás" (Job 1,6).
En un apócrifo tardío, "Satanás" se convierte en el nombre del ángel que rechaza adorar a Adán, el primer hombre creado, y que es arrojado por eso a la tierra con sus ángeles (Vida lat. de Adán y Eva 12-16).
Contrariamente a lo que muchos creen, en la Biblia no aparece la fábula del bellísimo y muy ambicioso ángel, de nombre Lucifer, arrojado por Dios para siempre del paraíso y transformado en un horrible diablo.
"Diablo" es el equivalente griego del vocablo hebreo "satanás" ("adversario", "enemigo"), que en la Biblia hebrea se usa indistintamente para indicar ya la acción del "Ángel del Señor" (expresión que indica a Dios mismo, Éx 16,7), ya a personas como David, enemigo de los filisteos (1 Sm 29,4) o Amán, adversario del pueblo hebreo (Est 7,4).
De las diez veces que aparece en el Antiguo Testamento, la única en que "Satanás" es utilizado como nombre propio es en el libro de las Crónicas (1 Cr 21,1), donde el autor, en una teología más desarrollada, imputa a "Satanás" la intención de hacer el censo de Israel, acción que había sido originariamente atribuida al Señor: "El Señor volvió a encolerizarse contra Israel e instigó a David contra ellos: Anda, haz el censo de Israel y Judá" (2 Sm 24,1).
Con el término "Satanás" se representan también figuras genéricas como el "acusador" (Sal 109,6), título de un funcionario de Dios que forma parte de la corte celeste: "Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satanás" (Job 1,6).
En un apócrifo tardío, "Satanás" se convierte en el nombre del ángel que rechaza adorar a Adán, el primer hombre creado, y que es arrojado por eso a la tierra con sus ángeles (Vida lat. de Adán y Eva 12-16).
Contrariamente a lo que muchos creen, en la Biblia no aparece la fábula del bellísimo y muy ambicioso ángel, de nombre Lucifer, arrojado por Dios para siempre del paraíso y transformado en un horrible diablo.
TEMPLO DEL PECADO.
El hombre que durante años ha sido esclavo de su propio lecho, señor al fin de quien lo había dominado y capaz de autonomía ("echó a andar"), cae bajo la ira de las autoridades que, ante su curación, reaccionan de modo negativo.
No hay un sentimiento de solidaridad hacia el enfermo completamente restablecido y capaz de caminar con sus propios pies, sino un reproche amenazador: "Es día de precepto y no te está permitido cargar con tu camilla".
De hecho, la transgresión comenzada por Jesús ha sido completada por el enfermo con el transporte de su camilla, acción prohibida en día de sábado, y por cuya desobediencia estaba prevista la pena de muerte: "Guardaos muy bien de llevar cargas en sábado y de meterlas por las puertas de Jerusalén" (Jr 17,21).
En el relato, la expresión "carga tu camilla", aparece cuatro veces para subrayar que éste es el hecho que alarma a las autoridades.
Jesús ha ordenado al enfermo: "Levántate, carga con tu camilla y echa a andar".
Las autoridades ordenan exactamente lo contrario: "No te está permitido cargar con tu camilla".
La obediencia a las autoridades mantiene al hombre en la enfermedad; la acogida de la palabra de Jesús vuelve al individuo capaz de caminar con sus propios pies.
Por esto ahora los jefes están más preocupados por el autor de la curación: "¿Quién es el hombre que te dijo: Carga con tu camilla y echa a andar?".
Lo que de hecho les alarma no es tanto la transgresión cometida por el enfermo, sino que haya uno que incite a la gente a no observar la Ley, acompañe esta invitación con eficaces signos de vida.
La curación obrada por Jesús puede ser para las multitudes la tan esperada señal del cielo para la liberación de todo el pueblo (el agua que "se agita"), realizando lo descrito por Ezequiel en la visión de la llanura llena de "huesos calcinados que eran el pueblo de Israel" a los que el espíritu vuelve a dar vida: "Penetró en ellos el aliento, revivieron y se pusieron en pie" (Ez 37,10-11).
Mientras tanto, el hombre curado, hallado por Jesús en el templo, es amonestado severamente a "no pecar más, no sea que te ocurra algo peor".
Para el evangelista quedarse en el templo significa aceptar voluntariamente ser dominado por la institución religiosa, renunciando a la plenitud de vida que Jesús comunica e incurriendo en algo peor que la enfermedad: la muerte.
El "pecado", citado por primera vez en el evangelio de Juan como "pecado del mundo" (1,29), es la voluntaria renuncia a la vida y la sumisión a las tinieblas, símbolo de muerte.
Mientras para Jesús el pecado es ir contra la vida, para los dirigentes consiste en ir contra la Ley.
Para las autoridades el bien y el mal dependen de la observancia de la Ley; para Jesús, del comportamiento con relación a los hombres. No es el hombre quien debe respetar la ley, sino ésta la que debe tener respeto al hombre.
En realidad, a los jefes les importa un comino la Ley; ellos son los primeros en transgredirla cuando va contra sus intereses: "¿No fue Moisés quien os dejó la Ley? Y, sin embargo, ninguno de vosotros cumple esa Ley" (Jn 7,19).
Su interés por la obediencia de la Ley es solamente el instrumento para someter al pueblo que reconoce de este modo su poder y permite a las autoridades saber hasta dónde puee llegar su dominio, cargando cada vez más "a los hombres con cargas insoportables"(Lc 11,46).
Si la violación del descanso sabático marca el inicio de la persecución de los dirigentes contra Jesús, su pretensión de llamar Padre suyo a Dios desencadena los instintos homicidas de las autoridades que "trataban de matarlo, ya que no sólo suprimía el descanso del precepto, sino también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose él mismo igual a Dios" (Jn 5,18).
El proyecto de Dios sobre la humanidad -que todos los hombres lleguen a ser hijos suyos (Jn 1,12)- es considerado por las autoridades religiosas un crimen digno de muerte, por minar las mismas bases del sistema religioso, considerado indispensable mediador entre Dios y los hombres.
Jesús denuncia que aquellos que pretenden enseñar en nombre de Dios, en realidad no lo conocen: "Nunca habéis escuchado su voz ni visto su figura, y tampoco conserváis su mensaje entre vosotros; la prueba es que no dais fe a su enviado" (Jn 5,37).
Cuando esta palabra se les manifiesta, la consideran una execrable herejía que hay que extirpar con el homicidio: "No te apedreamos por ninguna obra excelente, sino por blasfemia; porque tú, siendo un hombre, te haces Dios" (Jn 10,33).
El Dios, cuya santidad se había manifestado en la liberación de su pueblo (Ez 20,41), será considerado blasfemo por cuantos pretenden dominar a los hombres en su nombre: las autoridades religiosas que tienen "por padre al diablo, homicida desde el principio" (Jn 8,44).
No hay un sentimiento de solidaridad hacia el enfermo completamente restablecido y capaz de caminar con sus propios pies, sino un reproche amenazador: "Es día de precepto y no te está permitido cargar con tu camilla".
De hecho, la transgresión comenzada por Jesús ha sido completada por el enfermo con el transporte de su camilla, acción prohibida en día de sábado, y por cuya desobediencia estaba prevista la pena de muerte: "Guardaos muy bien de llevar cargas en sábado y de meterlas por las puertas de Jerusalén" (Jr 17,21).
En el relato, la expresión "carga tu camilla", aparece cuatro veces para subrayar que éste es el hecho que alarma a las autoridades.
Jesús ha ordenado al enfermo: "Levántate, carga con tu camilla y echa a andar".
Las autoridades ordenan exactamente lo contrario: "No te está permitido cargar con tu camilla".
La obediencia a las autoridades mantiene al hombre en la enfermedad; la acogida de la palabra de Jesús vuelve al individuo capaz de caminar con sus propios pies.
Por esto ahora los jefes están más preocupados por el autor de la curación: "¿Quién es el hombre que te dijo: Carga con tu camilla y echa a andar?".
Lo que de hecho les alarma no es tanto la transgresión cometida por el enfermo, sino que haya uno que incite a la gente a no observar la Ley, acompañe esta invitación con eficaces signos de vida.
La curación obrada por Jesús puede ser para las multitudes la tan esperada señal del cielo para la liberación de todo el pueblo (el agua que "se agita"), realizando lo descrito por Ezequiel en la visión de la llanura llena de "huesos calcinados que eran el pueblo de Israel" a los que el espíritu vuelve a dar vida: "Penetró en ellos el aliento, revivieron y se pusieron en pie" (Ez 37,10-11).
Mientras tanto, el hombre curado, hallado por Jesús en el templo, es amonestado severamente a "no pecar más, no sea que te ocurra algo peor".
Para el evangelista quedarse en el templo significa aceptar voluntariamente ser dominado por la institución religiosa, renunciando a la plenitud de vida que Jesús comunica e incurriendo en algo peor que la enfermedad: la muerte.
El "pecado", citado por primera vez en el evangelio de Juan como "pecado del mundo" (1,29), es la voluntaria renuncia a la vida y la sumisión a las tinieblas, símbolo de muerte.
Mientras para Jesús el pecado es ir contra la vida, para los dirigentes consiste en ir contra la Ley.
Para las autoridades el bien y el mal dependen de la observancia de la Ley; para Jesús, del comportamiento con relación a los hombres. No es el hombre quien debe respetar la ley, sino ésta la que debe tener respeto al hombre.
En realidad, a los jefes les importa un comino la Ley; ellos son los primeros en transgredirla cuando va contra sus intereses: "¿No fue Moisés quien os dejó la Ley? Y, sin embargo, ninguno de vosotros cumple esa Ley" (Jn 7,19).
Su interés por la obediencia de la Ley es solamente el instrumento para someter al pueblo que reconoce de este modo su poder y permite a las autoridades saber hasta dónde puee llegar su dominio, cargando cada vez más "a los hombres con cargas insoportables"(Lc 11,46).
Si la violación del descanso sabático marca el inicio de la persecución de los dirigentes contra Jesús, su pretensión de llamar Padre suyo a Dios desencadena los instintos homicidas de las autoridades que "trataban de matarlo, ya que no sólo suprimía el descanso del precepto, sino también llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose él mismo igual a Dios" (Jn 5,18).
El proyecto de Dios sobre la humanidad -que todos los hombres lleguen a ser hijos suyos (Jn 1,12)- es considerado por las autoridades religiosas un crimen digno de muerte, por minar las mismas bases del sistema religioso, considerado indispensable mediador entre Dios y los hombres.
Jesús denuncia que aquellos que pretenden enseñar en nombre de Dios, en realidad no lo conocen: "Nunca habéis escuchado su voz ni visto su figura, y tampoco conserváis su mensaje entre vosotros; la prueba es que no dais fe a su enviado" (Jn 5,37).
Cuando esta palabra se les manifiesta, la consideran una execrable herejía que hay que extirpar con el homicidio: "No te apedreamos por ninguna obra excelente, sino por blasfemia; porque tú, siendo un hombre, te haces Dios" (Jn 10,33).
El Dios, cuya santidad se había manifestado en la liberación de su pueblo (Ez 20,41), será considerado blasfemo por cuantos pretenden dominar a los hombres en su nombre: las autoridades religiosas que tienen "por padre al diablo, homicida desde el principio" (Jn 8,44).
EL DIOS AGUAFIESTAS.
Las autoridades hacen fiesta, fingiendo ignorar que para Dios la verdadera fiesta consiste en "enderezar al oprimido y defender al huérfano" (Is 1,17) y no en pomposos rituales: "Vuestras solemnidades y fiestas las detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé..." (Is 1,14-15); "retirad de mi presencia el barullo de los cantos, no quiero oír la música de la cítara" (Am 5,23).
Dios no oye las cantinelas litúrgicas sino "el clamor de los pobres" (Job 34,28).
El Creador ignora los ritos que le ofrecen los "pastores de Israel", y su mirada se vuelve al pueblo, verdadera víctima sacrificial de esta fiesta: "Viéndolo Jesús echado y notando que llevaba mucho tiempo..."
Jesús, que ve lo que las autoridades ignoran, toma la iniciativa con el enfermo ("¿quieres ponerte sano?") y lo estimula a repreender el camino de la libertad: "Levántate, carga con tu camilla y echa a andar".
En la acción de Jesús se realiza la promesa de Dios de cuidar de su pueblo: "Yo mismo conduciré mis ovejas al pasto..., vendaré a las heridas, curaré a las enfermas..." (Ez 34,1-31), como estaba profetizado en el libro de Ezequiel contra los pastores de Israel "que se apacientan a sí mismos" y no "han fortalecido a las débiles, ni curado a las enfermas, ni vendado sus heridas".
El episodio en cuestión es la primera de las dos transgresiones del descanso sabático por parte de Jesús narradas en el evangelio de Juan.
Que Dios hubiese terminado la creación el séptimo día era una verdad revelada indiscutible que ninguno se atrevía a poner en duda.
Jesús, sí.
Él no está de acuerdo con el autor del libro del Génesis y con la doctrina ofcialmente enseñada de que "Dios había concluido toda su tarea y descansó en el día séptimo de toda su tarea" (Gn 2,1), y afirma: "Mi Padre, hasta el presente, sigue trabajando y yo también trabajo" (Jn 5,17).
Para Jesús la cración no sólo no está terminada, sino que "espera con impaciencia" la plena realización de los hombres como "hijos de Dios" (Rom 8,19).
Éste es el designio del Padre para quien Jesús trabaja infatigablemente, con la finalidad de extender a todos los hombres la acción vivificante de Dios.
Y Jesús prolonga la acción del Creador comunicando vida aun en sábado, día en el que está prohibida cualquier actividad y en el que el Talmud veta expresamente curar a los enfermos: "No se puede curar una fractura, ni siquiera meterla en agua fría" (Shab. M. 20,5).
Una vez más la acción del Dios creador agua la fiesta al Dios legislador, y la aséptica ceremonia litúrgica se arruina por la irrupción de la vida.
Dios no oye las cantinelas litúrgicas sino "el clamor de los pobres" (Job 34,28).
El Creador ignora los ritos que le ofrecen los "pastores de Israel", y su mirada se vuelve al pueblo, verdadera víctima sacrificial de esta fiesta: "Viéndolo Jesús echado y notando que llevaba mucho tiempo..."
Jesús, que ve lo que las autoridades ignoran, toma la iniciativa con el enfermo ("¿quieres ponerte sano?") y lo estimula a repreender el camino de la libertad: "Levántate, carga con tu camilla y echa a andar".
En la acción de Jesús se realiza la promesa de Dios de cuidar de su pueblo: "Yo mismo conduciré mis ovejas al pasto..., vendaré a las heridas, curaré a las enfermas..." (Ez 34,1-31), como estaba profetizado en el libro de Ezequiel contra los pastores de Israel "que se apacientan a sí mismos" y no "han fortalecido a las débiles, ni curado a las enfermas, ni vendado sus heridas".
El episodio en cuestión es la primera de las dos transgresiones del descanso sabático por parte de Jesús narradas en el evangelio de Juan.
Que Dios hubiese terminado la creación el séptimo día era una verdad revelada indiscutible que ninguno se atrevía a poner en duda.
Jesús, sí.
Él no está de acuerdo con el autor del libro del Génesis y con la doctrina ofcialmente enseñada de que "Dios había concluido toda su tarea y descansó en el día séptimo de toda su tarea" (Gn 2,1), y afirma: "Mi Padre, hasta el presente, sigue trabajando y yo también trabajo" (Jn 5,17).
Para Jesús la cración no sólo no está terminada, sino que "espera con impaciencia" la plena realización de los hombres como "hijos de Dios" (Rom 8,19).
Éste es el designio del Padre para quien Jesús trabaja infatigablemente, con la finalidad de extender a todos los hombres la acción vivificante de Dios.
Y Jesús prolonga la acción del Creador comunicando vida aun en sábado, día en el que está prohibida cualquier actividad y en el que el Talmud veta expresamente curar a los enfermos: "No se puede curar una fractura, ni siquiera meterla en agua fría" (Shab. M. 20,5).
Una vez más la acción del Dios creador agua la fiesta al Dios legislador, y la aséptica ceremonia litúrgica se arruina por la irrupción de la vida.
1/23/2012
EL SANTO BLASFEMO.
Una sola fiesta de las seis que jalonan el evangelio de Juan no tiene otro calificativo que la fiesta de "los judíos" (Jn 5,1), expresión con la que el evangelista no indica casi nunca a los pertenecientes al pueblo de Israel, sino a las autoridades religiosas y los jefes del pueblo.
Siguiendo la cronología de Juan, esta fiesta anónima puede ser identificada con Pentecostés, en la que se conmemoraba la promulgación de la Ley en el Sinaí: "Pentecostés es el día en que fue dada la Ley" (Pes 68b).
El evangelista sitúa la fiesta en Jerusalén, en una "piscina" (más exactamente en una cisterna-aljibe de recogida de agua de lluvia) de la que da el nombre: "Bethesda".
Tres veces se citan en el evangelio de Juan nombres "en hebreo", y siempre en relación con el asesinato de Jesús:
-En la piscina de "Bethesda" se toma la decisión de matarlo (Jn 5,2.18).
-En el tribunal llamado "Gábbata" se le condena a muerte (Jn 19,13-16).
-En el "Gólgota" se ejecuta la sentencia (Jn 19,17-18).
El hecho de que el evangelista diga que es la fiesta de "los judíos" subraya que es fiesta solamente para los jefes, mientras la gente es descrita como "una muchedumbre de enfermos: ciegos, tullidos, resecos (lit. entumecidos) y no como un pueblo en fiesta.
El día en que los jefes celebran la ley, el evangelista denuncia los efectos de su uso en el pueblo.
La ley, convertida en instrumento de dominio, sirve para reprimir y atrofiar los estímulos vitales del hombre, volviéndolo incapaz de ver (ciego), sin autonomía (tullido) y vaciado de vida (entumecido).
Indiferentes ante la triste situación del pueblo, los jefes hacen fiesta, y el esplendor de la ceremonia oculta el sufrimiento de la gente: "Había un hombre allí que llevaba treinta y ocho años con su enfermedad".
El número "38" alude a la tragedia del Éxodo que, de promesa de libertad, se transformó en un gran fracaso, en cuanto que ninguno de los hombres escapados de la esclavitud de Egipto, alcanzó la tierra de la libertad, sino que todos murieron en el desierto "Anduvimos caminando treinta y ocho años, hasta que desapareció del campamento toda aquella generación de guerreros, como les había jurado el Señor" (Dt 2,14; Nm 14,20-33).
El uso intencionado del número 38 y la ausencia de especificación de la dolencia indican que en la enfermedad de este hombre se representa la trágica situación del pueblo sin esperanza: como los antecesores en el desierto, no ha alcanzado la libertad y está en espera de la muerte.
La tierra prometida se ha transformado en tierra de esclavitud y la felicidad garantizada por Dios a su pueblo es una quimera que, cada vez más lejana en el tiempo, se transforma en desesperación en lugar de ser fuente de esperanza consoladora: "Nuestros huesos están calcinados, nuestra esperanza se ha desvanecido; estamos perdidos" (Ez 37,11).
Siguiendo la cronología de Juan, esta fiesta anónima puede ser identificada con Pentecostés, en la que se conmemoraba la promulgación de la Ley en el Sinaí: "Pentecostés es el día en que fue dada la Ley" (Pes 68b).
El evangelista sitúa la fiesta en Jerusalén, en una "piscina" (más exactamente en una cisterna-aljibe de recogida de agua de lluvia) de la que da el nombre: "Bethesda".
Tres veces se citan en el evangelio de Juan nombres "en hebreo", y siempre en relación con el asesinato de Jesús:
-En la piscina de "Bethesda" se toma la decisión de matarlo (Jn 5,2.18).
-En el tribunal llamado "Gábbata" se le condena a muerte (Jn 19,13-16).
-En el "Gólgota" se ejecuta la sentencia (Jn 19,17-18).
El hecho de que el evangelista diga que es la fiesta de "los judíos" subraya que es fiesta solamente para los jefes, mientras la gente es descrita como "una muchedumbre de enfermos: ciegos, tullidos, resecos (lit. entumecidos) y no como un pueblo en fiesta.
El día en que los jefes celebran la ley, el evangelista denuncia los efectos de su uso en el pueblo.
La ley, convertida en instrumento de dominio, sirve para reprimir y atrofiar los estímulos vitales del hombre, volviéndolo incapaz de ver (ciego), sin autonomía (tullido) y vaciado de vida (entumecido).
Indiferentes ante la triste situación del pueblo, los jefes hacen fiesta, y el esplendor de la ceremonia oculta el sufrimiento de la gente: "Había un hombre allí que llevaba treinta y ocho años con su enfermedad".
El número "38" alude a la tragedia del Éxodo que, de promesa de libertad, se transformó en un gran fracaso, en cuanto que ninguno de los hombres escapados de la esclavitud de Egipto, alcanzó la tierra de la libertad, sino que todos murieron en el desierto "Anduvimos caminando treinta y ocho años, hasta que desapareció del campamento toda aquella generación de guerreros, como les había jurado el Señor" (Dt 2,14; Nm 14,20-33).
El uso intencionado del número 38 y la ausencia de especificación de la dolencia indican que en la enfermedad de este hombre se representa la trágica situación del pueblo sin esperanza: como los antecesores en el desierto, no ha alcanzado la libertad y está en espera de la muerte.
La tierra prometida se ha transformado en tierra de esclavitud y la felicidad garantizada por Dios a su pueblo es una quimera que, cada vez más lejana en el tiempo, se transforma en desesperación en lugar de ser fuente de esperanza consoladora: "Nuestros huesos están calcinados, nuestra esperanza se ha desvanecido; estamos perdidos" (Ez 37,11).
1/17/2012
LOS CALZONCILLOS DE LOS SACERDOTES.
La imagen de Dios que se deduce de la lectura de la Biblia es un tanto contradictoria. La contradicción refleja las diferentes culturas, espiritualidad y circunstancias de las decenas de autores que han compuesto aquellos escritos que después han confluido en la Biblia y que se declaran globalmente "Palabra de Dios".
De una primera lectura de la Biblia salen al menos dos imágenes contrastantes de Dios: la de "Creador" y la de "Legislador".
El Creador se entusiasma con su creación y no puede menos de exclamar cada vez que todo lo que va haciendo es "bueno... muy bueno" (Gen 1).
El Legislador no hace otra cosa que poner carteles con el letrero de "prohibido" (Lv 11).
El Creador eleva a la dignidad de su palabra la serenata un poco "audaz" de un enamorado a su querida: "¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres! (Cant 4,1). "Esa curva de tus caderas como collares; tu ombligo, una copa redonda rebosando licor; tu vientre, montón de trigo, rodeado de azucenas; tus pechos como crías mellizas de gacela (Cant 7,2.4)
El Legislador llega a prescribir con meticulosidad obsesiva hasta el material y la largura de los calzoncillos de los sacerdotes: "de lino que les cubran sus partes, de la cintura a los muslos" (Éx 28,42).
El Dios creador ama la vida.
El Dios legislador la hace imposible.
Para el primero todo es puro (Tit 1,15).
Para el segundo todo es pecaminoso.
El Creador quiere elevar al hombre a su mismo nivel.
El Legislador lo aleja.
El Dios creador busca personas que se le asemejen.
El Legislador, súbditos que le obedezcan. Mientras la semejanza desarrolla al hombre y lo conduce a la plenitud de la libertad, la obediencia le quita la serenidad y le produce angustia.
La observancia religiosa separa de los no practicantes y crea la superioridad.
La semejanza aproxima a todos y lleva al servicio.
Insertándose en la línea de los profetas, Jesús no sólo tomó partido decididamente a favor del Dios creador, oponiéndose al Legislador y a sus representantes, sino que llevó el conocimiento de Dios a un nivel todavía más profundo, presentándolo como "Padre": aquél que no se limita a crear algo externo a sí, sino que por amor comunica su propia vida a la humanidad.
Un amor que no es condicionado por las respuestas del hombre, sino que se propone incesantemente para transmitir vida.
Con esta actitud, Jesús, manifestación visible de este Dios, se vuelve a los individuos que encuentra o que le salen al encuentro, "bautizándolos", esto es, sumergiéndolos en la realidad del amor del Padre.
Los personajes varones que aparecen en los evangelios son en su mayoría negativos.
Incluso los mismos discípulos son presentados como obtusos y hostiles a Jesús.
Hasta durante la última cena, después de la comunión, en lugar de dar gracias, se ponen a discutir violentamente entre ellos sobre quién es el más importante: "Surgió entre ellos una disputa sobre cuál de ellos debía ser considerado más grande" (Lc 22,24).
Al contrario, los aproximadamente veinte personajes femeninos presentes en los evangelios son todos positivos, a excepción de la ambiciosa "madre de los hijos de Zebedeo" (Mt 20,20-28), y de Herodías, adúltera y asesina (Mt 14,1-11).
Las mujeres son presentadas en los evangelios como las que, cronológica y cualitativamente, han acogido y comprendido primero a Jesús: desde la madre, que es grande no porque lo haya dado a luz, sino porque ha sabido hacerse discípula del hijo, a María Magdalena, primera testigo y anunciadora de la resurrección.
Pero hay un personaje femenino inquietante, cuya embarazosa historia constituyó una especie de "patata caliente", que al menos por un siglo, ninguna comunidad cristiana aceptó en su evangelio y que en los siguientes siglos, fue cuidadosamente censurada por los Padres de la Iglesia de lengua griega.
Solamente en el siglo III los once escandalosos versículos encontraron hospitalidad en un evangelio que no era el originario y debieron esperar otros doscientos años antes de ser insertados en la lectura litúrgica.
Actualmente este episodio conocido con el título de "La mujer adúltera", se encuentra en el evangelio de Juan (8,1-11).
El estilo de este relato, su gramática y los términos usados en él excluyen que haya sido compuesto por el autor del evangelio de Juan, siendo atribuido unánimemente a Lucas.
En efecto, si esta perícopa se quita del evangelio de Juan, éste es más lineal, mientras que si se inserta en Lc 21,38 encuentra en él su contexto natural.
Su estilo, temática y lenguaje son propios de Lucas, el evangelista que ha hecho del amor misericordioso de Jesús el leitmotiv de su evangelio.
Pero la actitud del Señor con relación a la adúltera fue considerad peligrosa por la vacilante estabilidad conyugal en las comunidades cristianas, y contradictoria con el rigor del sacramento de la penitencia en uso en la Iglesia primitiva, de modo que ninguna comunidad quería este relato inserto en su evangelio porque -como escribe preocupado Agustín- podía hacer creer "a las esposas la impunidad de su pecado" (De Coniug. Adult. II,7,6).
El relato está ambientado en el templo de Jerusalén. El espacio donde Dios debía manifestar su amor se convierte en una trampa mortal.
La temática del episodio censurado se refiere a la elección de Dios en el que hay que creer: el Dios legislador que castiga con la muerte la desobediencia a sus leyes o el Padre que no condiciona su amor al comportamiento del hombre.
Un Dios que mata o uno que salva.
Conducen a Jesús a "una mujer sorprendida en adulterio".
El matrimonio en Israel se contraía en dos etapas: los "esponsales", ceremonia durante la que la muchacha de doce años y el hombre de dieciocho son declarados marido y mujer, volviendo después cada uno a su casa; y, un año después, las "bodas", momento a partir del que comienza la vida en común.
Si se comete adulterio entre el espacio de tiempo que va de los esponsales a las bodas, la pena prevista es de lapidación (Dt 22,23-24) como piden a Jesús los escribas y fariseos para la adúltera sorpendida en el acto.
Para el adulterio después de las "bodas", la mujer es estrangulada (Sanh 11,1.6). Así pues, la "mujer" arrastrada hasta Jesús, apenas tiene doce-trece años.
En una cultura en la que los matrimonios se decidían por las familias y los esposos se conocían con frecuencia solamente el día de los esponsales, el adulterio era común (aunque no fácil).
Los varones que hacen las leyes (para después enmascararlas como "Palabra de Dios") se previenen al respecto.
Mientras un hombre es culpable de adulterio sólo si la mujer con la que se une es hebrea y casada (teniendo, por tanto, permiso para sobrepasarse con todas las núbiles o paganas), para la mujer "adulterio" es cualquier relación con un hombre (Dt 22,22-29; Lv 20,10).
¿Y en caso de duda?
Se deja la decisión al juicio de Dios.
En el libro de los Números (5,11-31) se prescribe que la mujer sospechosa de adulterio sea llevada al sacerdote que le descubrirá la cabeza (solamente las prostitutas llevan la cabeza descubierta) y le hará beber un jarro lleno de agua donde ha esparcido ya la ceniza del suelo del santuario y disuelto la tinta con la que había escrito en un rollo todas las acusaciones delmarido.
Si a la pobre le da dolor de barriga es señal inequívoca de que es culpable y es condenada: Palabra de Dios.
A Jesús, "los escribas y fariseos" le han preparado una trampa.
La mujer ha sido cogida en "flagrante adulterio" (el evangelista subraya hasta el momento: "al alba"). Moisés, portavoz de Dios, mandó apedrear a "mujeres como ésta". ¿De parte de quién se alinea Jesús?
Sea cual fuere la respuesta, Jesús se perjudica perdiendo la reputación o la libertad.
Si está de acuerdo con el Dios legislador, sufrirá inmediatamente un descenso en el índice de popularidad ante aquella masa de marginados y pecadores que lo siguen por haber visto en él un mensaje de esperanza y misericordia.
Si es contrario a lo que Moisés ha mandado, la policía del templo está preparada para arrestarlo como sacrílego blasfemo y peligroso subvertidor de la Ley dictada palabra a palabra por Dios mismo.
Jesús responde escribiendo "en la tierra", gesto simbólico que alude a la denuncia del profeta Jeremías hacia cuantos "han abandonado la fuente de agua viva" y "serán escritos en el polvo" (Jr 17,13), esto es, entre los muertos. Para Jesús aquellos que cobijan sentimientos de muerte están ya muertos.
Jesús denuncia que tan celosa defensa de la Ley por parte de los escribas y fariseos sirve solamente para enmascarar su odio mortal.
A la vista de la insistencia de los acusadores para que se pronuncie, Jesús da una respuesta que desactiva sus planes de muerte.
"Quien de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra contra ella".
El evangelista anota que "se fueron uno a uno, comenzando por los ancianos".
Como en la historia de Susana narrada en el libro de Daniel (Dn 13), estos "ancianos" no son los "viejos", sino los "presbíteros", esto es, los influyentes miembros del Sanedrín, que gozaban entre los escribas y fariseos de gran prestigio y tenían el derecho de juzgar.
Este grupo, que se había mostrado compacto cuando se trataba de condenar, se disgrega cuando se ve en peligro de ser desenmascarado ("se fueron uno a uno").
Comprendido bien por Pablo ("¿Quién condenará? Cristo Jesús, que ha muerto, más aún, que ha sido resucitado, y que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros", Rom 8,34) y descrito magistralmente por Agustín ("Quedan solo dos, la miserable y la misericordia", Com. a Juan 33,5), el comportamiento de Jesús, el único "en el que no hay pecado" (1 Jn 3,5) no es de condena.
Los jueces han conducido a Jesús a una adúltera para condenarla; él ve a una mujer a la que hay que ayudar.
Jesús que "no ha venido a juzgar", sino a salvar (Jn 3,17), no reprueba a la mujer y ni siquiera la invita a arrepentirse y a pedir perdón cuando menos a Dios: éste le ha sido ya concedido incondicionalmente.
Y con el perdón del Padre ha recibido también la fuerza necesaria para volver a vivir: "vete, y de ahora en adelante no peques más".
El Dios legislador, abandonado de sus policías, ha dejado la escena del linchamiento al legítimo Dios del templo, un padre que manifiesta su amor y no "rompe la caña cascada" (Mt 12,20), sino que la refuerza con su perdón vivificante.
De una primera lectura de la Biblia salen al menos dos imágenes contrastantes de Dios: la de "Creador" y la de "Legislador".
El Creador se entusiasma con su creación y no puede menos de exclamar cada vez que todo lo que va haciendo es "bueno... muy bueno" (Gen 1).
El Legislador no hace otra cosa que poner carteles con el letrero de "prohibido" (Lv 11).
El Creador eleva a la dignidad de su palabra la serenata un poco "audaz" de un enamorado a su querida: "¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres! (Cant 4,1). "Esa curva de tus caderas como collares; tu ombligo, una copa redonda rebosando licor; tu vientre, montón de trigo, rodeado de azucenas; tus pechos como crías mellizas de gacela (Cant 7,2.4)
El Legislador llega a prescribir con meticulosidad obsesiva hasta el material y la largura de los calzoncillos de los sacerdotes: "de lino que les cubran sus partes, de la cintura a los muslos" (Éx 28,42).
El Dios creador ama la vida.
El Dios legislador la hace imposible.
Para el primero todo es puro (Tit 1,15).
Para el segundo todo es pecaminoso.
El Creador quiere elevar al hombre a su mismo nivel.
El Legislador lo aleja.
El Dios creador busca personas que se le asemejen.
El Legislador, súbditos que le obedezcan. Mientras la semejanza desarrolla al hombre y lo conduce a la plenitud de la libertad, la obediencia le quita la serenidad y le produce angustia.
La observancia religiosa separa de los no practicantes y crea la superioridad.
La semejanza aproxima a todos y lleva al servicio.
Insertándose en la línea de los profetas, Jesús no sólo tomó partido decididamente a favor del Dios creador, oponiéndose al Legislador y a sus representantes, sino que llevó el conocimiento de Dios a un nivel todavía más profundo, presentándolo como "Padre": aquél que no se limita a crear algo externo a sí, sino que por amor comunica su propia vida a la humanidad.
Un amor que no es condicionado por las respuestas del hombre, sino que se propone incesantemente para transmitir vida.
Con esta actitud, Jesús, manifestación visible de este Dios, se vuelve a los individuos que encuentra o que le salen al encuentro, "bautizándolos", esto es, sumergiéndolos en la realidad del amor del Padre.
Los personajes varones que aparecen en los evangelios son en su mayoría negativos.
Incluso los mismos discípulos son presentados como obtusos y hostiles a Jesús.
Hasta durante la última cena, después de la comunión, en lugar de dar gracias, se ponen a discutir violentamente entre ellos sobre quién es el más importante: "Surgió entre ellos una disputa sobre cuál de ellos debía ser considerado más grande" (Lc 22,24).
Al contrario, los aproximadamente veinte personajes femeninos presentes en los evangelios son todos positivos, a excepción de la ambiciosa "madre de los hijos de Zebedeo" (Mt 20,20-28), y de Herodías, adúltera y asesina (Mt 14,1-11).
Las mujeres son presentadas en los evangelios como las que, cronológica y cualitativamente, han acogido y comprendido primero a Jesús: desde la madre, que es grande no porque lo haya dado a luz, sino porque ha sabido hacerse discípula del hijo, a María Magdalena, primera testigo y anunciadora de la resurrección.
Pero hay un personaje femenino inquietante, cuya embarazosa historia constituyó una especie de "patata caliente", que al menos por un siglo, ninguna comunidad cristiana aceptó en su evangelio y que en los siguientes siglos, fue cuidadosamente censurada por los Padres de la Iglesia de lengua griega.
Solamente en el siglo III los once escandalosos versículos encontraron hospitalidad en un evangelio que no era el originario y debieron esperar otros doscientos años antes de ser insertados en la lectura litúrgica.
Actualmente este episodio conocido con el título de "La mujer adúltera", se encuentra en el evangelio de Juan (8,1-11).
El estilo de este relato, su gramática y los términos usados en él excluyen que haya sido compuesto por el autor del evangelio de Juan, siendo atribuido unánimemente a Lucas.
En efecto, si esta perícopa se quita del evangelio de Juan, éste es más lineal, mientras que si se inserta en Lc 21,38 encuentra en él su contexto natural.
Su estilo, temática y lenguaje son propios de Lucas, el evangelista que ha hecho del amor misericordioso de Jesús el leitmotiv de su evangelio.
Pero la actitud del Señor con relación a la adúltera fue considerad peligrosa por la vacilante estabilidad conyugal en las comunidades cristianas, y contradictoria con el rigor del sacramento de la penitencia en uso en la Iglesia primitiva, de modo que ninguna comunidad quería este relato inserto en su evangelio porque -como escribe preocupado Agustín- podía hacer creer "a las esposas la impunidad de su pecado" (De Coniug. Adult. II,7,6).
El relato está ambientado en el templo de Jerusalén. El espacio donde Dios debía manifestar su amor se convierte en una trampa mortal.
La temática del episodio censurado se refiere a la elección de Dios en el que hay que creer: el Dios legislador que castiga con la muerte la desobediencia a sus leyes o el Padre que no condiciona su amor al comportamiento del hombre.
Un Dios que mata o uno que salva.
Conducen a Jesús a "una mujer sorprendida en adulterio".
El matrimonio en Israel se contraía en dos etapas: los "esponsales", ceremonia durante la que la muchacha de doce años y el hombre de dieciocho son declarados marido y mujer, volviendo después cada uno a su casa; y, un año después, las "bodas", momento a partir del que comienza la vida en común.
Si se comete adulterio entre el espacio de tiempo que va de los esponsales a las bodas, la pena prevista es de lapidación (Dt 22,23-24) como piden a Jesús los escribas y fariseos para la adúltera sorpendida en el acto.
Para el adulterio después de las "bodas", la mujer es estrangulada (Sanh 11,1.6). Así pues, la "mujer" arrastrada hasta Jesús, apenas tiene doce-trece años.
En una cultura en la que los matrimonios se decidían por las familias y los esposos se conocían con frecuencia solamente el día de los esponsales, el adulterio era común (aunque no fácil).
Los varones que hacen las leyes (para después enmascararlas como "Palabra de Dios") se previenen al respecto.
Mientras un hombre es culpable de adulterio sólo si la mujer con la que se une es hebrea y casada (teniendo, por tanto, permiso para sobrepasarse con todas las núbiles o paganas), para la mujer "adulterio" es cualquier relación con un hombre (Dt 22,22-29; Lv 20,10).
¿Y en caso de duda?
Se deja la decisión al juicio de Dios.
En el libro de los Números (5,11-31) se prescribe que la mujer sospechosa de adulterio sea llevada al sacerdote que le descubrirá la cabeza (solamente las prostitutas llevan la cabeza descubierta) y le hará beber un jarro lleno de agua donde ha esparcido ya la ceniza del suelo del santuario y disuelto la tinta con la que había escrito en un rollo todas las acusaciones delmarido.
Si a la pobre le da dolor de barriga es señal inequívoca de que es culpable y es condenada: Palabra de Dios.
A Jesús, "los escribas y fariseos" le han preparado una trampa.
La mujer ha sido cogida en "flagrante adulterio" (el evangelista subraya hasta el momento: "al alba"). Moisés, portavoz de Dios, mandó apedrear a "mujeres como ésta". ¿De parte de quién se alinea Jesús?
Sea cual fuere la respuesta, Jesús se perjudica perdiendo la reputación o la libertad.
Si está de acuerdo con el Dios legislador, sufrirá inmediatamente un descenso en el índice de popularidad ante aquella masa de marginados y pecadores que lo siguen por haber visto en él un mensaje de esperanza y misericordia.
Si es contrario a lo que Moisés ha mandado, la policía del templo está preparada para arrestarlo como sacrílego blasfemo y peligroso subvertidor de la Ley dictada palabra a palabra por Dios mismo.
Jesús responde escribiendo "en la tierra", gesto simbólico que alude a la denuncia del profeta Jeremías hacia cuantos "han abandonado la fuente de agua viva" y "serán escritos en el polvo" (Jr 17,13), esto es, entre los muertos. Para Jesús aquellos que cobijan sentimientos de muerte están ya muertos.
Jesús denuncia que tan celosa defensa de la Ley por parte de los escribas y fariseos sirve solamente para enmascarar su odio mortal.
A la vista de la insistencia de los acusadores para que se pronuncie, Jesús da una respuesta que desactiva sus planes de muerte.
"Quien de vosotros esté sin pecado, que tire la primera piedra contra ella".
El evangelista anota que "se fueron uno a uno, comenzando por los ancianos".
Como en la historia de Susana narrada en el libro de Daniel (Dn 13), estos "ancianos" no son los "viejos", sino los "presbíteros", esto es, los influyentes miembros del Sanedrín, que gozaban entre los escribas y fariseos de gran prestigio y tenían el derecho de juzgar.
Este grupo, que se había mostrado compacto cuando se trataba de condenar, se disgrega cuando se ve en peligro de ser desenmascarado ("se fueron uno a uno").
Comprendido bien por Pablo ("¿Quién condenará? Cristo Jesús, que ha muerto, más aún, que ha sido resucitado, y que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros", Rom 8,34) y descrito magistralmente por Agustín ("Quedan solo dos, la miserable y la misericordia", Com. a Juan 33,5), el comportamiento de Jesús, el único "en el que no hay pecado" (1 Jn 3,5) no es de condena.
Los jueces han conducido a Jesús a una adúltera para condenarla; él ve a una mujer a la que hay que ayudar.
Jesús que "no ha venido a juzgar", sino a salvar (Jn 3,17), no reprueba a la mujer y ni siquiera la invita a arrepentirse y a pedir perdón cuando menos a Dios: éste le ha sido ya concedido incondicionalmente.
Y con el perdón del Padre ha recibido también la fuerza necesaria para volver a vivir: "vete, y de ahora en adelante no peques más".
El Dios legislador, abandonado de sus policías, ha dejado la escena del linchamiento al legítimo Dios del templo, un padre que manifiesta su amor y no "rompe la caña cascada" (Mt 12,20), sino que la refuerza con su perdón vivificante.
CINCO MANDAMIENTOS MÁS UNO.
Enumerando al individuo en cuestión los mandamientos que permiten alcanzar la vida eterna, Jesús omite aquellos que miran a las obligaciones para con Dios.
Según Jesús no son indispensables para la "salvación" los tres exclusivos de Israel, cuya observancia garantizaba a esta nación el "status" de pueblo elegido, al tiempo que confirma el valor de cinco mandamientos esenciales válidos para cualquier hombre, hebreo o pagano, creyente o no, que contemplan comportamientos básicos de justicia en relación con el prójimo: "no matar; no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio, honrar al padre y a la madre".
Para comprender el significado de los dos últimos mandamientos es conveniente situarlos en el contexto cultural de la época.
"No dar falso testimonio" no equivale simplemente a "no mentir".
El "falso testimonio" es la acusación injusta con la que se condena a una persona a la pena capital (Dt 19,18).
El "honor" que hay que darle al padre y a la madre no consiste solamente en el "respeto" o en la "obediencia" debida a los padres, sino en su manutención económica, en cuanto que los padres ancianos quedaban totalmente a cargo de los hijos, y la pobreza se consideraba como un gran deshonor: "¿En qué consiste el honor al padre? En alimentarlo, vestirlo... (Pea 15b; Eclo 3,1-16).
Entre los cinco mandamientos enumerados, Jesús inserta también, con gran habilidad, el de "no defraudar", aludiendo a un precepto contenido en el libro del Deuteronomio: "No defraudarás al asalariado pobre y necesitado, le darás su salario el mismo día, antes de que se ponga el sol" (Dt 24,14).
Jesús introduce este precepto antes del mandamiento de honrar (mantener) a los padres: las obligaciones hacia la familia no eximen del deber hacia los otros, en este caso los asalariados: y al individuo de "muchas posesiones" le recuerda que en la base de toda riqueza puede estar el fraude (cf. Sant 5,4).
"Maestro", responde triunfante el tal -"todo esto lo he observado desde pequeño".
Ahora se siente mejor.
Se le ha pasado, aunque por poco tiempo, la angustia.
Él es un perfecto observante de la Ley, practicándola desde la infancia. Es muy rico y también muy religioso.
Por lo demás a los ricos no les resulta difícil ser religiosos: cuando se tiene la panza llena es más fácil que nazca un deseo de reconocido conjuro hacia Aquel a quien se considera la fuente de tanta providencia.
Pero ¿cómo este individuo, tan rico y tan piadoso, está angustiado por la vida eterna?
La motivación está contenida en la repuesta de Jesús: "Entonces Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor diciéndole: Te falta todo (lit. "una cosa te falta"): ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu seguridad (lit. "tu riqueza"); y anda, ven y sígueme".
Jesús le quita su seguridad ilusoria de hombre rico y piadoso: "¡Te falta todo!" La traducción: "Una sola cosa te falta" induce a pensar en un cumplido por parte de Jesús ("eres tan bravo, haz un esfuerzo más y pondrás la guinda en la tarta").
En la simbología numérica hebrea, cuando falta a una cifra la unidad es como si faltase todo (el pastor que tiene 100 ovejas y la mujer fque tiene 10 monedas, cuando se le pierde el uno se quedan sin nada (Lc 15,4.8).
Jesús no reconoce los méritos del piadoso rico y no lo elogia, sino que le hace notar que le falta todo, pues tanta riqueza y la constante práctica religiosa no lo han hecho un hombre feliz (en la versión de Mateo el individuo es consciente de sus carencias y pregunta: "¿Qué me falta"?, Mt 19,20).
La observación de Jesús nace de la mirada creadora del Hombre-Dios que "no mira la apariencia" (1 Sm 16,7), sino que ve el corazón.
Mientras los hombres ven la riqueza y la envidian, la mirada de Dios desenmascara la miseria y la compadece: "Tú dices: soy rico, tengo reservas y nada me falta. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo" (Ap 3,17).
Jesús propone al rico angustiado poner la propia seguridad en Dios ocupándose de la felicidad de los otros. Esto permitirá al Padre tener cuidado de su felicidad.
A quien le falta todo, Jesús le propone fiarse de Dios para poder, como el salmista, exclamar "no me falta nada" (Sal 23,1).
El don de sí mismo es un camino practicable por todos y permite a cualquiera asemajarse al Cristo que "siendo rico se hizo pobre para hacer ricos a los pobres" (2 Cor 8,9) y realizarse plenamente alcanzando el ideal deseado por el Creador de la humanidad: la condición divina (Jn 1,12).
Encontrar a Jesús no trae siempre bienes.
El piadoso rico va angustiado al encuentro de Jesús y vuelve de él "entristecido y afligido".
Ha ido a Jesús para tener más y Jesús lo invita a dar más.
Se ha vuelto al Señor para saber cómo obtener en el futuro la vida eterna y Jesús lo invita a tener ya en el presente la condición divina.
El obstáculo para la plenitud de la vida a la que Jesús lo invita es la riqueza, y el motivo de la aflicción es "porque tenía muchas posesiones".
En la comunidad de los creyentes, Jesús no admite ningún rico (rico es quien tiene), sino solamente señores (señor es quien da) comó él.
Mientras el leproso, después del encuentro con Jesús, se curó (Mc 1,42) y el endemoniado recuperó su sano juicio ("se fue de allí y se puso a proclamar por la Decápolis lo que Jesús le había hecho", Mc 5,20), el rico, precisamente por no renunciar a cuanto posee, ha elegido venderse otra vez al dinero, prefiriendo estar angustiado, triste y afligido, pero rico.
Jesús le había propuesto experimentar dimensiones ilimitadas: "Tendrás un tesoro en el cielo".
El rico "siervo de sus propios haberes, en lugar de señor de ellos" (Ambrosio), ha preferido el angosto y obtuso horizonte de quien cree solamente en aquello que se puede tocar: el dinero, la riqueza. Es más fácil para Jesús liberar a un hombre de los demonios que lo poseen que de la riqueza, como "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dio" (Mc 10,25); el rico es el único personaje en todos los evangelios que rechaza la invitación a seguir a Jesús.
Según Jesús no son indispensables para la "salvación" los tres exclusivos de Israel, cuya observancia garantizaba a esta nación el "status" de pueblo elegido, al tiempo que confirma el valor de cinco mandamientos esenciales válidos para cualquier hombre, hebreo o pagano, creyente o no, que contemplan comportamientos básicos de justicia en relación con el prójimo: "no matar; no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio, honrar al padre y a la madre".
Para comprender el significado de los dos últimos mandamientos es conveniente situarlos en el contexto cultural de la época.
"No dar falso testimonio" no equivale simplemente a "no mentir".
El "falso testimonio" es la acusación injusta con la que se condena a una persona a la pena capital (Dt 19,18).
El "honor" que hay que darle al padre y a la madre no consiste solamente en el "respeto" o en la "obediencia" debida a los padres, sino en su manutención económica, en cuanto que los padres ancianos quedaban totalmente a cargo de los hijos, y la pobreza se consideraba como un gran deshonor: "¿En qué consiste el honor al padre? En alimentarlo, vestirlo... (Pea 15b; Eclo 3,1-16).
Entre los cinco mandamientos enumerados, Jesús inserta también, con gran habilidad, el de "no defraudar", aludiendo a un precepto contenido en el libro del Deuteronomio: "No defraudarás al asalariado pobre y necesitado, le darás su salario el mismo día, antes de que se ponga el sol" (Dt 24,14).
Jesús introduce este precepto antes del mandamiento de honrar (mantener) a los padres: las obligaciones hacia la familia no eximen del deber hacia los otros, en este caso los asalariados: y al individuo de "muchas posesiones" le recuerda que en la base de toda riqueza puede estar el fraude (cf. Sant 5,4).
"Maestro", responde triunfante el tal -"todo esto lo he observado desde pequeño".
Ahora se siente mejor.
Se le ha pasado, aunque por poco tiempo, la angustia.
Él es un perfecto observante de la Ley, practicándola desde la infancia. Es muy rico y también muy religioso.
Por lo demás a los ricos no les resulta difícil ser religiosos: cuando se tiene la panza llena es más fácil que nazca un deseo de reconocido conjuro hacia Aquel a quien se considera la fuente de tanta providencia.
Pero ¿cómo este individuo, tan rico y tan piadoso, está angustiado por la vida eterna?
La motivación está contenida en la repuesta de Jesús: "Entonces Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor diciéndole: Te falta todo (lit. "una cosa te falta"): ve a vender todo lo que tienes y dáselo a los pobres, que tendrás en Dios tu seguridad (lit. "tu riqueza"); y anda, ven y sígueme".
Jesús le quita su seguridad ilusoria de hombre rico y piadoso: "¡Te falta todo!" La traducción: "Una sola cosa te falta" induce a pensar en un cumplido por parte de Jesús ("eres tan bravo, haz un esfuerzo más y pondrás la guinda en la tarta").
En la simbología numérica hebrea, cuando falta a una cifra la unidad es como si faltase todo (el pastor que tiene 100 ovejas y la mujer fque tiene 10 monedas, cuando se le pierde el uno se quedan sin nada (Lc 15,4.8).
Jesús no reconoce los méritos del piadoso rico y no lo elogia, sino que le hace notar que le falta todo, pues tanta riqueza y la constante práctica religiosa no lo han hecho un hombre feliz (en la versión de Mateo el individuo es consciente de sus carencias y pregunta: "¿Qué me falta"?, Mt 19,20).
La observación de Jesús nace de la mirada creadora del Hombre-Dios que "no mira la apariencia" (1 Sm 16,7), sino que ve el corazón.
Mientras los hombres ven la riqueza y la envidian, la mirada de Dios desenmascara la miseria y la compadece: "Tú dices: soy rico, tengo reservas y nada me falta. Aunque no lo sepas, eres desventurado y miserable, pobre, ciego y desnudo" (Ap 3,17).
Jesús propone al rico angustiado poner la propia seguridad en Dios ocupándose de la felicidad de los otros. Esto permitirá al Padre tener cuidado de su felicidad.
A quien le falta todo, Jesús le propone fiarse de Dios para poder, como el salmista, exclamar "no me falta nada" (Sal 23,1).
El don de sí mismo es un camino practicable por todos y permite a cualquiera asemajarse al Cristo que "siendo rico se hizo pobre para hacer ricos a los pobres" (2 Cor 8,9) y realizarse plenamente alcanzando el ideal deseado por el Creador de la humanidad: la condición divina (Jn 1,12).
Encontrar a Jesús no trae siempre bienes.
El piadoso rico va angustiado al encuentro de Jesús y vuelve de él "entristecido y afligido".
Ha ido a Jesús para tener más y Jesús lo invita a dar más.
Se ha vuelto al Señor para saber cómo obtener en el futuro la vida eterna y Jesús lo invita a tener ya en el presente la condición divina.
El obstáculo para la plenitud de la vida a la que Jesús lo invita es la riqueza, y el motivo de la aflicción es "porque tenía muchas posesiones".
En la comunidad de los creyentes, Jesús no admite ningún rico (rico es quien tiene), sino solamente señores (señor es quien da) comó él.
Mientras el leproso, después del encuentro con Jesús, se curó (Mc 1,42) y el endemoniado recuperó su sano juicio ("se fue de allí y se puso a proclamar por la Decápolis lo que Jesús le había hecho", Mc 5,20), el rico, precisamente por no renunciar a cuanto posee, ha elegido venderse otra vez al dinero, prefiriendo estar angustiado, triste y afligido, pero rico.
Jesús le había propuesto experimentar dimensiones ilimitadas: "Tendrás un tesoro en el cielo".
El rico "siervo de sus propios haberes, en lugar de señor de ellos" (Ambrosio), ha preferido el angosto y obtuso horizonte de quien cree solamente en aquello que se puede tocar: el dinero, la riqueza. Es más fácil para Jesús liberar a un hombre de los demonios que lo poseen que de la riqueza, como "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el reino de Dio" (Mc 10,25); el rico es el único personaje en todos los evangelios que rechaza la invitación a seguir a Jesús.
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