1/04/2012

LOS FARISEOS.

Los fariseos son laicos piadosos que, para acelerar la llegada del reinado de Dios, se empeñan en vivir cotidianamente las prescripciones exigidas al sacerdote en el período limitado durante el que presta servicio en el templo (Lv 9-10; 21-22,1-9).
Su estilo de vida los distingue y separa de la gente común (de donde el término fariseo que significa separado). La vida de un fariseo está dominada por la preocupación de observar fielmente los seiscientos trece preceptos de la Ley.
Obsesionado por el exacto cumplimiento del descanso en día de sábado, el fariseo está atento a no realizar ninguno de los 1.521 trabajos prohibidos y a no caer en la gravísima transgresión de escribir ni siquiera dos letras del alfabeto (Shab. M. 12,3).
El otro gran cuidado concierne a la ley de la pureza que observa con una minuciosidad obsesiva, para evitar ser tocado o tocar inadvertidamente objetos y personas impuras, volviendo de este modo nulas las innumerables oraciones que jalonan su jornada: desde el canto del gallo (“Bendito el que dio inteligencia al gallo para distinguir entre el día y la noche”) cuando abre los ojos (“Bendito el que vuelve videntes a los ciegos”) hasta que los cierra (“Bendito aquél que hace caer los lazos del sueño sobre mis ojos”) (Ber. B.60b).
Todo un tratado, llamado de las Bendiciones prescribe cuáles y cuántas son las oraciones que hay que recitar para ser gratos a un Dios que pretende ser bendecido por el hombre en todo momento del día y en cualquier lugar donde éste se encuentre, incluso desde la letrina: -Bendito el Señor que ha formado al hombre con sabiduría y ha creado en él muchos agujeros. Está claro que si uno se abre y otro se obtura no le sería posible vivir- (Ber. B. 60b).
Jesús define toda la categoría de los fariseos como hipócritas: en lugar de practicar las buenas obras para que los hombres “glorifiquen al Padre del cielo” (Mt 5,16), hacen alarde de sus innumerables devociones para ser glorificados por los hombres (Mt 6,2).
Pervirtiendo las obras de piedad que, en lugar de hacerlas a favor de los hombres, las hacen en provecho propio, los fariseos desvían hacia sí la gloria que debía ser para Dios: creen rendir culto a Dios, pero en realidad se ponen idolátricamente en su lugar y, como enseña la Escritura, -la invención de los ídolos es el principio de la prostitución (Sab 14,12). Pero esta forma de prostitución no sólo no es desaprobada por el mundo religioso, sino que es alentada y presentada como modelo de perfección.

EL ADELANTAMIENTO DE UNA PROSTITUTA.

(Lc 7,36-50)

La primera y la última mujer que aparecen en el Nuevo Testamento son prostitutas (Mt 1,3.5; Ap 17,16-18), pero la pecadora del relato de Lucas (Lc 7,36-50) es la única meretriz protagonista de un encuentro confidencial con Jesús.
Aunque el evangelista había mantenido el personaje anónimo, el deseo de asegurar su redención llevó en el pasado a identificar erróneamente a esta prostituta con María de Magdala, mujer que no tiene nada que ver con el personaje de Lucas, pero que, colocada por Juan junto a la cruz de Jesús (Jn 19,25), ha llevado a la tradición a ver en ella a la Magdalena arrepentida, para respiro de bienpensantes y moralistas.
El oficio más antiguo del mundo fue ejercido también por una antecesora de Jesús como Rajab (Mt 1,5; Jos 2,1), titular de un conocido y frecuentado albergue junto a los muros de la ciudad, púdica perífrasis utilizada por el historiador Flavio Josefa para indicar un burdel (Ant. 5,7), o como Tamar que ejercía la profesión, pero con un toque de distinción: prostituta, sí, pero sagrada (Gen 38,21). Cuando la autoridades judías echan en cara a Jesús -Nosotros no hemos nacido de prostitución- (Jn 8,41), el énfasis contenido en aquel -nosotros- es una alusión a los orígenes oscuros de Jesús y a las manchas de su familia.
Para comprender el escándalo suscitado por la presencia de la prostituta en el banquete que el fariseo Simón dio en honor de Jesús, es necesario situar el episodio y los personajes en la cultura de la época.

LOS LETRADOS: SI LOS CONOCES, EVÍTALOS.

Al talante abierto demostrado por el letrado, responde Jesús con una invitación implícita: «No estás lejos del reino de Dios- (Mc 12,34). Expresión que remite a la predicación inicial de Jesús: «Está cerca el reinado de Dios. Enmendaos y tened fe en esta buena noticia- (Mc 1,15).
Todo el que está por el bien del hombre, no se halla lejos del reino, pero para entrar en él es necesaria la conversión, un cambio radical de mentalidad en la escala de los valores que regulan la propia existencia, renunciando a toda clase de prestigio para poder poner la propia vida al servicio de los hombres.
Por esto Jesús, al único letrado que se había ofrecido voluntariamente a seguido (“Maestro, te seguiré adonde quiera que vayas”), le había objetado: -Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza- (Mt 8,19-20).
Mientras la Escritura enseñaba que no se puede fiar uno -de un hombre que no tiene un nido» (Eclo 36,27), Jesús avisa al letrado, acostumbrado a los -primeros puestos-(Mc 12,39), que, para seguirlo, hay que abandonar toda ambición de honores y de prestigio, aceptar ser considerados los últimos de la sociedad y valer menos que los animales considerados más inútiles (los pájaros, Lc 12,6; Mt 6,26) e insignificantes (las zorras, Ne 3,35; P. Ab. 4,20).
Una invitación, una propuesta.
Pero el letrado no da la adhesión a Jesús.
Permanece con su saber teológico que no se trasforma en práctica.
Para él se trataba solamente de una cuestión teórica (.dicen, pero no hacen-,Mt 23,3), Y no da el paso de la adhesión a un Jesús que lo invitaba a colaborar de hecho en la construcción de una sociedad nueva (el reino), desembarazándose de todo elemento de injusticia, de toda pretensión de superioridad.
La reacción de Jesús es inesperadamente dura. Comienza ridiculizando la enseñanza de los letrados, demostrando su inconsistencia (Mc 12,35-37), invitando a la gente a abrir los ojos y a librarse de su dominio: aquellos que pretenden ser los guías espirituales del pueblo no sólo no entran en el reino, sino que impiden el acceso incluso a los que quisieran entrar en él (Mt 23,13).
La invectiva termina poniendo en guardia ante esta categoría de personas, cuya religiosidad así exhibida y ostentada esconde en realidad intereses inconfesables (Mc 12,38-40).
En compañía de Jesús se encuentran descreídos y pecadores, pero no los pertenecientes a la jerarquía religiosa que en los evangelios son presentados siempre hostiles a Jesús hasta el punto de quererlo muerto.
Personas y lugares religiosos se revelarán los más peligrosos para el Hombre-Dios. .
En una sinagoga se tomará la decisión de asesinarlo (Mc 3,1-6) y en el templo intentarán apedrearlo (Jn 10,31-33).
La condena de Jesús a muerte emanara del más alto cargo religioso del país, el sumo sacerdote, con, la aprobación de todo el Sanedrín: setenta y una excelentísimas y reverendísimas personas que desencadenarán contra Jesús todo su rencor escupiéndole en la cara, abofeteándolo, golpeándolo y mofándose de él (Mt 26,65-68).

JESÚS Y EL MONSEÑOR.

(Mc 12,28-34)
En la parábola del sembrador (Me 4,1-20) Jesús advierte que su mensaje, comparado a una semilla portadora de vida, sembrada en cuatro terrenos, solamente se desarrolla plenamente en uno.
En los restantes, el fracaso es total.
La plenitud de vida ofrecida por Jesús a todos, es acogida por pocos: -Hay más llamados que escogidos» (Mt 22,14).
Según Jesús, uno de los impedimentos para acoger el mensaje es la riqueza, pues ningún rico ha entrado a formar parte de la comunidad de Jesús, si no es a condición de desprenderse de sus bienes (Lc 14,33; Mt 27,57).
El otro gran obstáculo es la religión.
Los evangelios presentan esta paradoja; cuanto más lejos se está de la religión tanto más fácil es percibir la presencia de Dios en la propia existencia; cuanto más religioso se es, más dificultad se encuentra en reconocer y acoger al Señor en sus manifestaciones.
Los que se consideran pecadores tienen posibilidad de entrar en el reino; aquéllos que los consideran como tales, no.
Entre los adeptos a lo sagrado y Jesús se da una incomunicación total.
Ciertamente faltó poco para que Jesús implicase en elEn el evangelio de Marcos se describe el acercamiento de un letrado a Jesús (Mc 12,28-34).
Los letrados eran personas piadosas que, después de una vida enteramente dedicada al estudio de la Biblia, a edad avanzada (cuarenta años), recibían, por medio de la imposición de las manos, el espíritu que bajó sobre Moisés (Nm 11,16-17); eran considerados los sucesores inmediatos de los profetas.
Tenían por tarea la salvaguardia de la Ley que era custodiada fielmente -por siempre jamás, eternamente» (Sal 119,44) porque -todo lo que hizo Dios durará siempre: no se puede añadir ni restar» (Eclo 3,14).
Llevaban hábitos y distintivos religiosos que resaltaban su dignidad y el pueblo se dirigía a ellos llamándolos respetuosamente rabí (monseñor) (Mt 23,7-8).
Su enseñanza se equiparaba a la misma palabra de Dios: «Todas las palabras de los letrados son palabras del Dios vivo» (Ber. M. 1,3), decreta el Talmud; su indiscutida autoridad era confirmada por la Biblia: el letrado -presta servicio ante los poderosos y se presenta ante los jefes ... su fama vivirá por generaciones» (Eclo 39,4.9).
Por su magisterio, considerado infalible, los letrados gozaban ante el pueblo de un prestigio e influencia que superaban los del sumo sacerdote e incluso los del mismo rey. Reputación que quedará arruinada apenas inicie Jesús su enseñanza.
La gente, oyéndolo, reconoce que Jesús tiene el mandato divino de enseñar (la autoridad) y no los letrados (Mc 1,21-28).
Marcos inserta el episodio del letrado en la ofensiva final desencadenada contra Jesús por una coalición de fariseos, herodianos y saduceos con una serie de preguntas-trampa para cogerlo en falta y así poder denunciarlo.
Dado que las respuestas de Jesús han enmudecido a sus interlocutores, le llega el turno al letrado.
Éste plantea a Jesús una pregunta, cuya respuesta se daba por descontado: ¿Qué mandamiento es el primero de todos- (Mc 12,28).
Amantes de la casuística, estos letrados habían conseguido identificar en la Ley unos 613 preceptos que regulaban la vida del individuo.
De éstos, 365 (tantos como días tiene el año) eran prohibiciones y 248 (número de los elementos que se creía que componían el cuerpo humano) las obligaciones que todo creyente debe observar.
Naturalmente el letrado conoce ya la respuesta a su pregunta: Mateo y Lucas subrayan que éste va «para tentar» a Jesús (Mt 22,35; Lc 10,25).
Su pregunta no va dirigida a aprender, sino a confirmar o controlar las posiciones teológicas poco ortodoxas profesadas por aquel extraño galileo que pretende «conocer las escrituras sin haber estudiado» (Jn 7,15).
Los mandamientos han sido dados como norma de comportamiento para los hombres, pero Dios mismo observaba al menos uno de ellos: el descanso sabático.
Para los letrados era éste indiscutiblemente el mandamiento más importante: el sábado -el Creador no trabaja» (Mek. Es. 20,11).
Esta convicción tenía sus raíces en las expresiones contenidas en el Génesis, donde se narra que Dios, terminada la creación en el séptimo día, -descansó de su tarea de crear» (Gn 2,3). Considerado el más importante de los mandamientos, su observancia equivalía al cumplimiento de toda la Ley (Ber. Y. 1).
Al contrario, la desobediencia al descanso sabático equivalía a la transgresión de todos los mandamientos, siendo castigada con la muerte (Ex 31,14).
Jesús no sólo no observó nunca el descanso prescrito en día de sábado, sino que lo violó sistemáticamente.
¿Que el sábado está prohibido no sólo cuidar a los enfermos, sino incluso visitados? (Shab. B. 12a). Pues bien, Jesús visita, cuida y cura a los enfermos ese día (Lc 13,14).
¿Que el sábado no se puede caminar más de novecientos metros? (“dos mil codos», Nm 35,5; Sota M. 5,3). Pues bien, ¿qué día mejor para las giras de Jesús con sus discípulos, que agravan la transgresión arrancando las espigas de grano, uno de los 39 trabajos principales prohibidos en día de sábado? (Mc 2,23-28).
¿Que el sábado está severamente prohibido transportar cualquier peso? (Jr 17,21-27). Jesús invita al hombre enfermo a no hacer caso: «Levántate, carga con tu camilla y echa a andar», suscitando la viva protesta de las autoridades: -Es día de precepto y no te está permitido cargar con la camilla» (Jn 5,8-10).

Con estos antecedentes era de esperar que Jesús no se habría atenido a la doctrina oficial.
Uno que no ha respetado nunca el sábado, no puede ciertamente considerar la observancia de este mandamiento la más importante.
De hecho, contrariamente a la expectativa del letrado que le ha preguntado cuál consideraba el mandamiento más importante, Jesús responde sobrepasando no sólo la teología tradicional, sino incluso los mismos mandamientos.
Ignorando provocativa mente las tablas de Moisés, Jesús se remonta al -Escucha Israel. (Dt 6,4-9), el -Credo- que los hebreos recitaban dos veces al día: -Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas» (Mc 12,29-30).

La pregunta del letrado giraba en torno a un solo mandamiento, el más importante.
Para Jesús, sin embargo, el amor a Dios no es perfecto si no se traduce en amor al próximo; por esto añade a su respuesta un precepto contenido en el libro del Levítico 09,18): "El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos. La reacción del escriba a la provocación de Jesús es positiva, demostrando estar en sintonía con la línea propugnada por los profetas de la prevalencia del amor al prójimo sobre el culto que se debe rendir a Dios: «Muy bien, Maestro, es verdad lo que has dicho, que Él es uno solo y que no hay otro fuera de Él; y que amado con todo el corazón y con todo el entendimiento y con todas las fuerzas y amar al prójimo, como a uno mismo supera todos los holocaustos y sacrificios».
El exponente de una tradición religiosa que sostenía la necesidad de innumerables prácticas religiosas para estar seguros de la comunión con Dios, comprende que éstas son totalmente secundarias y que el amor a Dios no se prueba por el culto que se le da, sino por al amor hacia el hombre, como enseña el profeta Oseas: «misericordia quiero y no sacrificios. (Os 6,6; Mt 9,13; 12,7).

QUEMA DE SAMARITANOS.

Dice el evangelista que, para ir de Judea a Samaría, Jesús -tenía que pasar por Samaría» Qn 4,4).
Este itinerario no se rige por motivos topográficos (los viajeros que eran precavidos evitaban la peligrosa Samaría y pasaban por Transjordania), sino por la necesidad de reconquistar a la adúltera samaritana.
El encuentro con la mujer no comienza bien.
Era bien sabido que los judíos despreciaban a las mujeres samaritanas, consideradas inmundas desde la cuna (Nidda 4,1); no obstante esto, Jesús no se dirige a la mujer desde lo alto de su superioridad de varón hebreo, sino desde lo bajo de su condición de hombre necesitado: -Dame de beber»; la mujer reacciona de modo polémico recordándole los contrastes raciales: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana/- (Jn 4, 9).
Y el evangelista explica que -los judíos no se tratan con los samaritanos- (In 4,9), expresión diplomática para decir que se creen religiosamente superiores, siempre en nombre de Dios, naturalmente.
El odio entre judíos y samaritanos se remontaba a siete siglos antes, cuando, después de la deportación de los habitantes de Samaría en Asiria, la región se repobló de colonos extranjeros, y pronto los samaritanos resultaron ser un fruto mestizo nacido del cruce entre colonos y habitantes del lugar (2Re 17,24-28).
La mescolanza racial había tenido también efectos religiosos y los samaritanos, aunque continuaron adorando a Yahvé, le daban culto también a las divinidades traídas por los colonos (2Re 17,29-34).
Esta contaminación con divinidades paganas hacía a los samaritanos despreciables a los ojos de los judíos, que les impidieron colaborar en la reconstrucción del templo de Jerusalén (Esd 4,1-3) y, equiparándolos a los paganos, les prohibieron el acceso al santuario.
En la Biblia los samaritanos son como los filisteos, los enemigos por excelencia, y son piadosamente definidos como «el pueblo necio que habita en Siquén-, En tiempos de Jesús, las personas piadosas evitaban pronunciar el término samaritano (Lc 10,37), considerado uno de los peores insultos (Jn 8,48).
La hostilidad entre judíos y samaritanos se reavivó violentamente del año 6 al 9 d.C. cuando los samaritanos consiguieron interrumpir las celebraciones de Pascua esparciendo de noche huesos humanos en el templo (Ant. 18,29).
Desde entonces, el odio entre judíos y samaritanos estará tan extendido que llega hasta el grupo de Jesús y es conocido el deseo de los beligerantes discípulos Santiago y Juan de ver a todos los samaritanos fulminados: -Señor, si quieres decimos que caiga un rayo y los aniquile» (Lc 9,54).
A la agresividad verbal de la samaritana, Jesús responde superando las divisiones raciales, con la oferta de un regalo extraordinario, el -don de Dios ... el agua viva».
La samaritana se declara dispuesta a acoger esta misteriosa «agua viva», capaz de quitar para siempre la sed.
Y es en este momento cuando Jesús cambia bruscamente de argumento y pasa del agua al lecho, recordando a la adúltera los cinco maridos, más el que tiene actualmente.
En la lengua hebrea Baal, título que se daba a la divinidad, significa marido o Señor: el adulterio de Samaría consistía en haber abandonado a Dios para volverse a los otro cinco dioses adorados en la región, para los que los samaritanos habían construido cinco templos en otras tantas colinas (2 Re 17,24-41; Ant. 9,288), dato que subraya el evangelista repitiendo en el relato cinco veces el término marido.

En este episodio no se procesa a una mujer ligera, sino que se denuncia la infidelidad de Samaría.

Para poder acoger el don del amor de Dios, Jesús invita a la mujer a romper con las otras divinidades, que prometen una felicidad que no pueden dar (.vaya volver con mi marido, porque entonces me iba mejor que ahora», Os 2,9).

La mujer, una vez comprendido que lo que Jesús le está diciendo no toca a su vida privada, sino a su relación con Dios, va rápidamente al núcleo del problema: -Señor, veo que tú eres profeta. Nuestros padres celebraron el culto en este monte; en cambio, vosotros decís que el lugar donde hay que celebrado está en Jerusalén- (Jn 4,19-20).

La samaritana cree que la relación con Dios se ve favorecida con el culto en un determinado santuario y, ahora que está dispuesta a volver al verdadero Dios, quiere saber dónde encontrado. Pero Jesús declara terminada la época de los santuarios: -Créeme, mujer: Se acerca la hora en que no daréis culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén (Jn 4,21).

Si el dios de la religión necesita un templo y un culto, el Padre, para ser tal, tiene necesidad de hijos que se le parezcan.

La semejanza con su amor es el único culto que el Padre requiere.

A la mujer que deseaba saber dónde dirigirse para ofrecer culto a Dios, Jesús responde que es Dios quien se le ofrece, dándole su misma capacidad de amor.

El Señor no espera dones de los hombres, sino que él se hace don para ellos, porque -el Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene, ese que es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por mano de hombre, ni le sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento y todo» (Hch 17,24-25).

Este es el clamoroso anuncio del que se hace portavoz la mujer, invitando a los samaritanos a ir a «ver a un hombre... -.

Jesús, que ha derribado las barreras religiosas y nacionalistas, no es considerado ya como un judío, sino como un hombre.

La nueva época sin santuarios, inaugurada por él, hace su misión universal, consintiendo incluso a los herejes, los samaritanos excomulgados, acoger «al salvador del mundo-.

LAS ESPOSAS DE DIOS.

La perícopa de la Samaritana se interpreta a la luz del libro de Oseas, el profeta de Samaría que, partiendo de su trágica situación matrimonial, fue el primero en utilizar la imagen nupcial para indicar las relaciones entre Dios y su pueblo.

A pesar de que Gomer, la mujer de la que había tenido tres hijos, lo traicionó con muchos amantes, el profeta continuaba estando enamorado de su esposa de una manera tan obstinadamente fiel, que le sirvió para comprender la inmensidad del amor de Dios hacia su pueblo.

Cuando Oseas encuentra finalmente a su mujer después de la enésima fuga, la ataca de un modo furibundo pasándole lista de sus innumerables culpas de esposa infiel y madre infame, pero junto a la sentencia (“Por esto ... “), en lugar de una condena, sale de su corazón la propuesta de un nuevo viaje de bodas: “voy a seducirla, llevándomela al desierto y hablándole al corazón ... Aquel día me llamarás -esposo mío- y no me
llamarás: Ídolo mío” (Os 2,16.18) .
Habiendo comprendido Oseas que la mujer buscaba en sus amantes aquel amor que no podía recibir de un marido-dueño, cambia su comportamiento; el amor que fomenta con su esposa es incompatible con el estado de subordinación al cual la mujer se atenía en relación a su marido (señor mío) y le propone una relación más íntima (marido mío): « Me casaré contigo para siempre» (Os 2,21).

El comportamiento del profeta, obviamente, no fue comprendido por sus contemporáneos que lo tomaron por insensato y demente.
Pero Oseas, tan enamorado de su mujer como para concederle el perdón sin asegurarse de su arrepentimiento real, intuye que también para Israel la conversión no será la condición para recibir el perdón de Dios, sino su efecto.

Mientras la tradición religiosa predicaba que era necesario arrepentirse para obtener el perdón de los pecados (Eclo 17,24), Oseas comprende que el perdón de Dios se concede antes de que se solicite, como se formulará más tarde en el Nuevo Testamento: -El Mesías murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así demuestra Dios el amor que nos tiene- (Rom 5,8).
Jesús, a quien el evangelista ha presentado ya con los rasgos del esposo (Jn 3,29), sigue como Oseas las huellas de la adúltera y, al encontrarla, se dirige a ella llamándola señora (lit. mujer con el significado de mujer/esposa). En el evangelio de Juan, Jesús se dirige con este apelativo a tres personajes femeninos: la madre (Jn 2,4; 19,26), la samaritana (Jn 4,21) y María Magdalena (Jn 20,15).
Son las tres -esposas de Dios-: la madre de Jesús representa la esposa siempre fiel de la antigua alianza, de la que Jesús proviene; la samaritana, la adúltera que el esposo reconquista con su amor y María Magdalena, la esposa de la nueva alianza.

¿CUÁNTAS VECES HIJA MÍA?

«El que conversa mucho con una mujer se hace daño a sí mismo, olvida el estudio de la Ley y termina en la gehenna- (P. Ab. 1,5).
Así enseña la tradición judía tomando por modelo a aquel Dios que -no habló con mujer, a no ser justa, e incluso aquella vez con motivo» (Ber. r. 20,6). De hecho el Señor, ofendido por la inocente mentira de Sara que, porque estaba asustada, negó haberse reído (Gn 18,15), no dirigió nunca más la palabra a una mujer.
En este ambiente cultural la revolucionaria normalidad con que Jesús se relacionaba con las mujeres no debía ser bien vista, como aparece en el evangelio de Juan donde los discípulos, habiendo sorprendido al Señor hablando con una samaritana «se quedaron extrañados de que hablase con una mujer».
En efecto, este cara a cara entre Jesús y una mujer un tanto vivaz no solamente desconcertó a sus contemporáneos, sino que puso siempre en apuros a los moralistas que, prontos a ver ocasiones de pecado en cualquier situación, se empeñaron en justificar a los discípulos, diciendo que «éstos no sospechaban ciertamente nada malo» (Agustín, Como ajuan, 15,29).
Por otro lado, si la facilidad con que Jesús concedió la absolución a una mujer sorprendida en flagrante adulterio (Jn 8,2-11) O a la prostituta (Lc 7,36-50), sin una palabra de reproche, ha escandalizado siempre a los santurrones y devotos censores, estos encuentran su revancha justamente en el episodio del diálogo entre Jesús y la samaritana (Jn 4,1-42).
Aquí, al fin, Jesús se reviste de celoso moralista y enjuicia la vida privada de la desdichada a la que pide cuenta exacta de sus numerosos amantes:

“Ve a llamar a tu marido y vuelve aquí. La mujer le contestó: -No tengo marido: Jesús le dijo: -Has dicho muy bien que no tienes mando, porque maridos has tenido cinco, y el que tienes ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad- (In 4,16-18).

Esta es la primera y única vez que Jesús indaga sobre la vida privada de una persona.

Pero ¿es una lección de moral lo que quiere transmitir el evangelista Juan?

Como de costumbre son los evangelistas quienes encaminan al lector hacia la justa interpretación de sus escritos y lo hacen dándole claves de lectura que le ayuden a comprender lo que aquél quiere comunicar.